Sábado, 14 de enero de 2006
Con este extraordinario relato, Oriana Fallaci rompe un silencio de décadas. La más célebre escritora italiana vive gran parte del año en Manhattan totalmente aislada. Pero el destino quiso que, el 11 de septiembre, el Apocalipsis se abriese a poca distancia de su casa. En estas páginas plasma qué sintió. Ideas fuertes. Ideas para razonar y reflexionar.
Me pides que hable, esta vez. Me pides que rompa, al menos esta vez, el silencio por el que he optado y que, desde hace años, me he impuesto para no mezclarme con las chicharras. Y lo hago. Porque he sabido que, incluso en Italia, algunos se alegraron, como aquella tarde se alegraron en televisión los palestinos de Gaza. «¡Victoria, victoria!». Hombres, mujeres y niños. Siempre que se pueda seguir definiendo como hombre, mujer o niño al que hace una cosa así.
He sabido que algunas chicharras de lujo, políticos o supuestos políticos, intelectuales o supuestos intelectuales, amén de otros individuos que no merecen la calificación de ciudadanos, se comportan sustancialmente de la misma forma. Dicen: «Les está bien empleado a los americanos».
Me siento muy, muy indignada. Indignada con una rabia fría, lúcida y racional. Una rabia que elimina cualquier atisbo de distanciamiento o de indulgencia. Una rabia que me invita a responderles y, sobre todo, a escupirles. Les escupo a todos ellos. Indignada como yo, la poetisa afroamericana Maya Angelou, rugió también: «Be angry. It's good to be angry, it's healthy» (Indignaos. Es bueno estar indignados. Es sano). No sé si indignarme es saludable para mí.
Pero sé que no les sentará bien a ellos, a los que admiran a Osama bin Laden, a los que le expresan comprensión, simpatía o solidaridad. Con tu petición se ha encendido un detonante, que hace mucho tiempo que quiere explotar. Ya lo verás.
Me pides que cuente cómo he vivido yo este Apocalipsis. Que escriba, en suma, mi testimonio. Ahí va. Estaba en casa. Mi casa está situada en el centro de Manhattan y, a las nueve en punto, tuve la sensación de un peligro inminente que quizás no me alcanzase, pero que ciertamente me iba a afectar profundamente. Era la sensación que se siente en la guerra, durante el combate, cuando con todos los poros de tu piel sientes las balas o el cohete que silba, estiras las orejas y gritas al que está a tu lado: «¡Down! ¡Get down!» (¡Al suelo. Echate al suelo!). Tardé un poco en reaccionar. ¡No estaba ni en Vietnam ni en una de las numerosas y horribles guerras que, desde la II Guerra Mundial, han atormentado mi vida! Estaba en Nueva York, caramba, una maravillosa mañana de septiembre del año 2001.
Pero la sensación siguió apoderándose de mí, inexplicable, y entonces hice lo que no suelo hacer nunca por la mañana. Encendí la televisión. El sonido no funcionaba, pero la pantalla, sí. Y en todos los canales, aquí hay casi 100 canales, veía una Torre del World Trade Center que ardía como una gigantesca cerilla. ¿Un cortocircuito? ¿Una avioneta estrellada contra la Torre? ¿O un atentado terrorista planeado? Casi paralizada, permanecí fija ante la pantalla y, mientras la miraba fijamente y me planteaba esas tres preguntas, apareció un avión. Blanco y grande. Un avión de línea. Volaba bajísimo. Y volando bajísimo se dirigía hacia la segunda Torre como un bombardero que apunta a su objetivo y se arroja sobre él. Entonces me di cuenta de lo que estaba pasando. Me di cuenta, porque, en ese mismo momento, volvió la voz a mi tele, transmitiendo un coro de gritos salvajes. Realmente salvajes: «¡Oh God, oh, God, God, God, Gooooooood!». Y el avión penetró en la segunda Torre como un cuchillo que corta un trozo de mantequilla.
TROZO DE HIELO
Eran las nueve y cuarto. Y no me pidas que recuerde lo que sentí durante aquellos 15 minutos. No lo sé, no lo recuerdo. Era como un trozo de hielo. Incluso mi cerebro estaba helado. Ni siquiera recuerdo si algunas cosas las vi sobre la primera o sobre la segunda Torre. La gente que, para no morir abrasada viva, se lanzaba por las ventanas desde el piso 80 ó 90, por ejemplo. Rompían los cristales de las ventanas y se lanzaban al vacío como si se lanzasen de un avión en paracaídas, y caían lentamente. Agitando las piernas y los brazos, nadando en el aire. Sí, parecía que nadaban en el aire. Y no acababan de llegar abajo. Hacia el piso 30, aceleraban. Se ponían a gesticular, desesperados, supongo que arrepentidos, como si gritasen «Help, help». Y quizás lo gritasen de verdad. Por fin, caían en el suelo y paf.
Mira, pensaba estar vacunada contra todo y, esencialmente, lo estoy. Ya nada me sorprende. Ni siquiera cuando me indigno y me irrito. Pero en la guerra siempre vi a gente que muere asesinada. Nunca había visto a gente que muere matándose, es decir, lanzándose sin paracaídas del piso 80, 90 ó 100. Además, en la guerra siempre vi trastos que explotan en abanico. En la guerra siempre oí un gran ruido. En cambio, las dos Torres no explotaron. La primera implosionó y se tragó a sí misma. La segunda, se fundió, se disolvió. Por el calor se disolvió como un trozo de mantequilla al fuego. Y todo sucedió, o al menos así me pareció a mí, en medio de un silencio de tumba. ¿Es posible? ¿Reinaba realmente ese silencio o estaba dentro de mí?
Tengo que decirte también que, en la guerra, siempre vi un número limitado de muertes. Cada combate, 200 ó 300 muertos. Como máximo, 400. Como en Dak To, en Vietnam. Y cuando terminó la batalla y los americanos se pusieron a rescatar a sus heridos y a contar a sus muertos, no podía dar crédito a mis ojos. En la matanza de Ciudad de México, aquélla en la que incluso a mí me hirió una bala, recogieron al menos 800 muertos. Y, cuando creyéndome muerta, me llevaron al tanatorio, los cadáveres que había a mi alrededor me parecían un diluvio.
Pues bien, en las dos Torres trabajaban casi 50.000 personas. Y pocos tuvieron el tiempo suficiente para salir de ellas. Los ascensores no funcionaban, obviamente, y para bajar a pie desde los últimos pisos se tardaba una eternidad. Siempre que se lo permitiesen las llamas. Jamás sabremos el número exacto de muertos. ¿40.000, 45.000...? Los americanos no lo dirán jamás. Para no subrayar la intensidad de este Apocalipsis. Para no dar una satisfacción más a Osama bin Laden e incentivar otros apocalipsis.
Y además, los dos abismos que han absorbido a decenas de miles de criaturas son demasiado profundos. Como máximo, los operarios desenterrarán trozos de miembros esparcidos por todas partes. Una nariz aquí y un brazo, allá. O una especie de barro, que parece café machacado, y que es, en realidad, materia orgánica. Los residuos de los cuerpos que en un momento quedan reducidos a polvo. El alcalde Giuliani envió otros 10.000 sacos. Pero no los utilizaron.
¿Qué siento por los kamikazes que murieron con ellos? Ningún respeto. Ninguna piedad. Ni siquiera piedad. Yo que, casi siempre, termino cediendo a la piedad. A mí, los kamikazes, es decir, los tipos que se suicidan para matar a los demás, siempre me parecieron antipáticos, comenzando por los japoneses de la II Guerra Mundial.
Sólo los consideré beneficiosos para bloquear la llegada de las tropas enemigas, prendiendo fuego a la pólvora y saltando por los aires con la ciudad, en Turín. Nunca los consideré soldados. Y mucho menos los considero mártires o héroes, como aullando y escupiendo saliva me los definió Arafat en 1972, cuando lo entrevisté en Amán, el lugar donde sus mariscales entrenaban incluso a los terroristas de la Beider-Meinhoff.
KAMIKAZES
Los considero tan sólo vanidosos. Vanidosos que, en vez de buscar la gloria a través del cine, de la política o del deporte, la buscan en la muerte propia y en la de los demás. Una muerte que, en vez del Oscar, de la poltrona ministerial o del título de Liga, les procurará (o eso creen) admiración. Y, en el caso de los que rezan a Alá, un lugar en el paraíso del que habla el Corán: el paraíso donde los héroes gozan de las huríes.
Son incluso vanidosos físicamente. Tengo ante mis ojos la fotografía de dos kamikazes de los que hablo en mi libro Insciallah, la novela que comienza con la destrucción de la base americana (más de 400 muertos) y de la base francesa (más de 350 muertos) en Beirut. Se habían hecho sacar esta foto antes de ir a morir y, antes de dirigirse a la muerte, habían pasado por el peluquero. ¡Qué buen corte de pelo! ¡Qué bigotes engominados, qué barbas tan bien recortadas, qué patillas tan bien igualadas...!
¡Cómo me gustaría poder decirle cuatro cosas bien dichas al señor Arafat! Entre él y yo no hay buen feeling. Nunca me perdonó ni las repetidas diferencias de opinión que tuvimos durante aquel encuentro ni el juicio que hice sobre él en mi libro Entrevista con la historia. Y por mi parte, tampoco le he perdonado nada. Ni siquiera el que un periodista italiano, que se presentó ante él imprudentemente diciendo que era «amigo mío», se encontrase al instante con una pistola apuntándole al corazón. No nos volvimos a ver más. Pecado. Porque, si lo volviese a ver de nuevo, o mejor dicho, si me concediese audiencia, le gritaría en las narices quiénes son los mártires y los héroes.
Le gritaría: Ilustre señor Arafat, los mártires son los pasajeros de los cuatro aviones secuestrados y transformados en bombas humanas. Entre ellos, la niña de cuatro años que se desintegró en el interior de la segunda Torre. Ilustre señor Arafat, los mártires son los empleados que trabajaban en las dos Torres y en el Pentágono. Ilustre señor Arafat, los mártires son los bomberos muertos por intentar salvarlos. ¿Y sabe usted quiénes son los héroes? Son los pasajeros del vuelo que iba a estrellarse contra la Casa Blanca y que se estrelló en un bosque de Pensilvania, porque se rebelaron contra los terroristas.
Ellos sí que están en el paraíso, ilustre señor Arafat. La desgracia es que ahora sea usted el jefe de Estado ad perpetuum, que se comporta como un monarca, que visita al Papa y afirma que el terrorismo no le gusta y manda condolencias a Bush. Y quizás con su camaleónica capacidad para desmentirse, sería capaz de responderme que tengo razón. Pero cambiemos de disco. Como todo el mundo sabe, estoy muy enferma y, hablando de Arafat, me sube la fiebre.
Prefiero hablar de la invulnerabilidad que muchos en Europa atribuían a Estados Unidos. ¿Qué tipo de invulnerabilidad? Cuanto más democrática y abierta es una sociedad, más expuesta está al terrorismo. Cuanto más libre es un país y menos gobernado está por un régimen policial, más sufre o se arriesga a sufrir las matanzas que durante tantos años se produjeron en Italia, en Alemania y en otras zonas de Europa. Y ahora tienen lugar, agigantadas, en Norteamérica. No en vano los países no democráticos, gobernados por regímenes policiales, han albergado y financiado y ayudan a los terroristas.
Por ejemplo, la Unión Soviética, los países satélites de la Unión Soviética y la China Popular. La Libia de Gadafi, Irak, Irán, Siria, el Líbano arafatiano, el propio Egipto, la propia Arabia Saudí, el propio Pakistán, obviamente Afganistán y todas las regiones musulmanas de Africa. En los aeropuertos y en los aviones de esos países siempre me he sentido segura. Serena como un recién nacido que duerme plácidamente. Lo único que temía era ser arrestada porque ponía a parir a los terroristas.
En cambio, en los aeropuertos y en los aviones europeos siempre me he sentido nerviosilla. Y en los aeropuertos y en los aviones americanos, realmente nerviosa. Y en Nueva York, dos veces más nerviosa. En Washington, no. Debo admitirlo. Realmente no me esperaba el avión contra el Pentágono.
A mi juicio, en suma, nunca ha sido un problema de si, sino un problema de cuándo. ¿Por qué crees que el martes por la mañana mi subconsciente me lo advirtió con una profunda inquietud y una rara sensación de peligro? ¿Por qué crees que, contrariamente a mis costumbres, encendí el televisor? ¿Por qué crees que entre las tres cuestiones que me planteaba mientras ardía la primera Torre y la voz de mi tele no funcionaba, estaba la del atentado? ¿Y por qué crees que apenas aparecido en pantalla el segundo avión lo comprendí todo?
Por ser Estados Unidos el país más potente del mundo, el más rico, el más poderoso, el más moderno, cayeron casi todos en esa insidia. A veces, incluso los propios americanos. Y es que la invulnerabilidad de Norteamérica nace precisamente de su fuerza, de su riqueza, de su potencia, de su modernidad. Es la habitual historia del pez que se muerde la cola.
Nace también de su esencia multiétnica, de su liberalidad, de su respeto por los ciudadanos y por los huéspedes. Por ejemplo, cerca de 24 millones de americanos son árabes-musulmanes. Y cuando un Mustafá o un Mohamed viene, por ejemplo de Afganistán, a visitar a un tío, nadie le prohíbe apuntarse a una escuela para aprender a pilotar un 757. Nadie le prohíbe inscribirse en una universidad (una costumbre que espero que cambie) para estudiar química y biología, las dos ciencias necesarias para desencadenar una guerra bacteriológica. Nadie. Ni siquiera si el Gobierno teme que el hijo de Alá secuestre un 757 o eche un puñado de bacterias en el depósito de agua y desencadene una hecatombe. (Digo si, porque, esta vez, el Gobierno no sabía nada y el papelón de la CIA y del FBI no tiene parangón. Si fuese el presidente de Estados Unidos los echaría a todos a patadas en el culo por cretinos).
SIMBOLOS
Y dicho esto, volvamos al razonamiento inicial. ¿Cuáles son los símbolos de la fuerza, de la riqueza, de la potencia de la modernidad americana? No son el jazz y el rock and roll, el chicle o la hamburguesa, Broadway o Hollywood. Son sus rascacielos. Su Pentágono. Su ciencia. Su tecnología. Esos rascacielos impresionantes, tan altos, tan bellos que, al alzar los ojos, casi olvidas las pirámides y los divinos palacios de nuestro pasado. Esos aviones gigantescos, exagerados, que se utilizan como en otro tiempo se utilizaban los veleros y los camiones, porque todo se mueve a través de los aviones. Todo. El correo, el pescado fresco y nosotros mismos (no olvidemos que la guerra aérea la inventaron ellos. O al menos la guerra aérea desarrollada hasta la histeria).
Ese terrible Pentágono, esa fortaleza que da miedo sólo con mirarla. Esa ciencia omnipresente y casi omnipotente. Esa extraordinaria tecnología que, en pocos años, cambió por completo nuestra vida cotidiana, nuestra milenaria manera de comunicarnos, comer y vivir. ¿Y dónde les ha golpeado el reverendo Osama bin Laden? En los rascacielos y en el Pentágono. ¿Cómo? Con los aviones, con la ciencia, con la tecnología.
By the way. ¿Sabes qué es lo que más me impresiona de este triste millonario, de este fallido playboy que, además de cortejar a las princesas rubias y retozar en los night club (como hacía en Beirut, cuando tenía 20 años), se divierte matando a la gente en nombre de Mahoma y de Alá? El hecho de que su desmesurado patrimonio provenga también de los beneficios de una Corporation especializada en demoliciones y que él mismo sea un experto demoledor. La demolición es una especialidad americana.
Cuando nos vimos, te noté casi sorprendido de la heroica eficacia y de la admirable unidad con la que los americanos han afrontado este Apocalipsis. Pues, sí. A pesar de los defectos que continuamente se le echan en cara, y que yo misma les echo en cara (aunque los de Europa y, especialmente, los de Italia son todavía peores), Estados Unidos es un país que tiene grandes cosas que enseñarnos.
A propósito de la heroica eficacia, déjame levantar una peana para el alcalde de Nueva York. Ese Rudolph Giuliani al que nosotros, los italianos, deberemos dar gracias de rodillas. Porque tiene un apellido italiano y es de origen italiano y está quedando como un héroe ante todo el mundo. Es una gran, un grandísimo alcalde, Rudolph Giuliani. Te lo dice una que nunca está contenta por nada y con nadie, comenzando por sí misma.
Es un alcalde digno de otro grandísimo alcalde con apellido italiano, Fiorello La Guardia, a cuya escuela deberían ir muchos de nuestros alcaldes. Tendrían que presentarse humildemente, incluso con ceniza en la cabeza, ante él para preguntarle: «Sor Giuliani, por favor, dígame cómo se hace». El no delega sus deberes en el prójimo, no. No pierde tiempo en tonterías ni en medrajes personales. No se divide entre el cargo de alcalde y el de ministro o diputado. (¿Hay alguien que me esté escuchando en las tres ciudades de Stendhal, es decir, en Nápoles, en Florencia y en Roma?).
Llegó instantes después de la catástrofe, entró en el segundo rascacielos y corrió el peligro de transformarse en cenizas como los demás. Se salvó por los pelos y por casualidad. Y al cabo de cuatro días, volvió a poner en pie la ciudad. Una ciudad que tiene nueve millones y medio de habitantes y casi dos sólo en Manhattan. Cómo lo hizo, no lo sé. Está enfermo, como yo, el pobre. El cáncer que va y viene, le ha mordido también a él. Y, como yo, hace como si estuviese sano y sigue trabajando. Pero yo trabajo en una mesa, caramba, y sentada.
El, en cambio... Parecía un general de ésos que participan directamente en la batalla. Un soldado que se lanza al ataque con la bayoneta calada. «Adelante, vamos, vamos, arriba. Vamos a salir de esto lo más pronto posible». Pero podía hacer eso, porque la gente era, es, como él. Gente sin vanidad y sin pereza, habría dicho mi padre, y con cojones. En cuanto a la admirable capacidad de unirse, a la forma de cerrar filas de una manera casi marcial con la que los estadounidenses responden a las desgracias y al enemigo, pues, tengo que decirte que me ha sorprendido incluso a mí.
Sabía, sí, que esa capacidad había explotado en los tiempos de Pearl Harbor, cuando el pueblo se fundió en torno a Roosevelt y Roosevelt entró en guerra contra la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y el Japón de Hiro Hito. La había advertido, sí, después del asesinato de Kennedy. Pero después de todo esto, había venido la Guerra de Vietnam, la lacerante división ocasionada por la Guerra de Vietnam y, en cierto sentido, esa guerra me había recordado su Guerra Civil de hace siglo y medio.
Por eso, cuando vi a blancos y negros llorar abrazados, y digo bien abrazados, cuando vi a demócratas y republicanos cantar abrazados God bless America, cuando les vi olvidarse de todas sus diferencias, me quedé de piedra. Lo mismo me pasó cuando oí a Bill Clinton (una persona hacia la cual nunca sentí ternura alguna) declarar: «Apretémonos en torno a Bush, tened confianza en nuestro presidente». Y lo mismo me pasó cuando esas mismas palabras fueron repetidas con fuerza por su mujer, Hillary, ahora senadora por el estado de Nueva York. Y cuando fueron reiteradas por Lieberman, el ex candidato demócrata a la Vicepresidencia (sólo el desaparecido Al Gore permaneció escuálidamente callado). Y cuando el Congreso votó por unanimidad aceptar la guerra y castigar a los responsables.
¡Ojalá Italia aprendiese esta lección! Está tan dividida nuestra Italia. ¡Es un país tan lleno de facciones y tan envenenado por sus mezquindades tribales! En Italia, se odian incluso en el seno del mismo partido. No consiguen estar juntos ni siquiera cuando tienen el mismo emblema, el mismo distintivo. Celosos, llenos de bilis, vanidosos y mezquinos, sólo piensan en sus propios intereses personales. En la propia carrera, en la propia gloria, en la propia popularidad de periferia. Por los propios intereses personales se desprecian, se traicionan, se acusan y se escupen...
Estoy absolutamente convencida de que, si Osama bin Laden hiciese saltar por los aires la Torre de Giotto o la Torre de Pisa, la oposición le echaría la culpa al Gobierno. Y el Gobierno se la echaría a la oposición. Y los jefecillos del Gobierno y de la oposición se las echarían a sus propios compañeros y camaradas de partido. Y dicho esto, déjame que te explique de dónde nace la capacidad de unirse que caracteriza a los americanos.
Nace de su patriotismo. No sé si en Italia habéis visto y entendido qué pasó en Nueva York cuando Bush fue a dar las gracias a los operarios (y operarias) que excavan entre los escombros de las dos Torres intentando encontrar algún superviviente y sólo extraen narices y dedos. Y sin embargo, no ceden. Sin resignarse y si les preguntas cómo lo hacen, te responden: «I can allow myself to be exhausted, not to be defeated» (Puedo permitirme estar exhausto, pero no estar derrotado). Todos. Jóvenes, jovencísimos, viejos y de mediana edad. Blancos, negros, amarillos, marrones y violetas...
¿Los habéis visto o no? Mientras Bush les daba las gracias, ellos no paraban de agitar sus banderitas americanas, levantar el puño cerrado y rugir: «USA, USA, USA». En un país totalitario, habría pensado: «¡Qué bien se lo ha montado el poder!». En Norteamérica, no. En Estados Unidos, estas cosas no se organizan. No se manipulan ni se ordenan. Especialmente en una metrópoli desencantada como Nueva York y con operarios como los operarios de Nueva York.
Son grandes tipos los operarios de Nueva York. Más libres que el viento. No se les puede manipular. No obedecen ni a sus sindicatos. Pero si le tocas la bandera, si le tocas la patria... En inglés, no existe la palabra patria. Para decir patria hay que unir dos palabras. Father Land, Tierra de los Padres. Mother Land, Tierra Madre. Native Land, Tierra Nativa. O decir simplemente My country, mi país. Pero sí existe el sustantivo patriotismo. Y exceptuando Francia, no me imagino un país más patriótico que Estados Unidos. ¡Me emocioné tanto viendo a esos operarios apretando el puño y enarbolando las banderitas mientras rugían USA, USA, USA, sin que nadie se lo mandase!
HUMILLACION
Y sentí también una especie de humillación. Porque no me puedo imaginar a los operarios italianos enarbolando la bandera tricolor y rugiendo Italia, Italia, Italia. En las manifestaciones y en los comicios he visto enarbolar muchas banderas rojas. Ríos y lagos de banderas rojas. Pero siempre he visto enarbolar muy pocas banderas tricolores. Mal dirigidos o tiranizados por una izquierda arrogante y devota de la Unión Soviética, las banderas tricolores se las han dejado siempre a los adversarios. Y tengo que decir que tampoco los adversarios han hecho muy buen uso de ella, pero, al menos no la han despreciado, gracias a Dios. Y lo mismo digo de los que van a misa.
En cuanto al patán con la camisa verde y la corbata verde, ni siquiera sabe cuáles son los colores de la tricolor y estaría encantado de retrotraernos a la guerra entre Florencia y Siena. Resultado: hoy, la bandera italiana se ve sólo en las Olimpiadas, si, por casualidad, se gana una medalla. Peor aún: se ve sólo en los estadios, cuando hay un partido de fútbol internacional. Unica ocasión, también, en la que se puede oír el grito de Italia, Italia.
Hay, pues, una gran diferencia entre un país en el que la bandera de la patria es enarbolada por los gamberros en los estadios, y un país en el que la enarbola el pueblo entero. Por ejemplo, los operarios irreductibles que excavan entre las ruinas para sacar alguna oreja o alguna nariz de las criaturas masacradas por los hijos de Alá. O para recoger esa especie de café molido, que es lo único que queda de los fallecidos.
El hecho es que América es un país especial, mi querido amigo. Un país al que hay que envidiar, del que hay que estar celosos, por cosas que nada tienen que ver con su riqueza, etc. Es un país envidiable porque ha nacido de una necesidad del alma, la necesidad de tener una patria, y de la idea más sublime que el hombre haya concebido jamás: la idea de la libertad, o de la libertad esposada con la idea de la igualdad. Es un país envidiable porque, en aquella época, la idea de libertad no estaba de moda. Y mucho menos, la de igualdad. Sólo hablaban de ellas algunos filósofos llamados ilustrados. Estos conceptos sólo se encontraban en un carísimo libraco llamado Enciclopedia.
Y aparte de los escritores y demás intelectuales, aparte de los príncipes y de los señores que tenían dinero para comprar el libraco o los libros que habían inspirado el libraco, ¿quién sabía algo de la Ilustración? ¡No era algo que se pudiese comer la Ilustración! Ni siquiera hablaban de la libertad y de la igualdad los revolucionarios de la Revolución Francesa, dado que dicha Revolución comenzó en 1789, es decir, 13 años después de la Revolución Americana, que comenzó en 1776. (Otra particularidad que ignoran o fingen olvidar los del «qué bien empleado les está a los americanos». ¡Raza de hipócritas!).
Es un país especial, un país envidiable, además, porque aquella idea es entendida y asumida por ciudadanos a menudo analfabetos o con poca instrucción. Los ciudadanos de las colonias americanas. Y porque es materializada por un pequeño grupo de líderes extraordinarios, por hombres de una gran cultura y de una gran calidad. The Founding Fathers, los Padres Fundadores, los Benjamin Franklin, los Thomas Jefferson, los Thomas Paine, los John Adams, los George Washington, etc. ¡Gente muy distinta de los abogaduchos (como justamente los llamaba Vittorio Alfieri) de la Revolución Francesa! ¡Gente muy diferente de los sombríos e histéricos verdugos del Terror, los Marat, los Danton, los Saint Just y los Robespierre!
Los Padres Fundadores eran tipos que conocían el griego y el latín como nunca lo conocerán los profesores italianos de griego y latín (si es que existen todavía). Tipos que en griego habían leído a Aristóteles y a Platón y que, en latín, se habían leído a Séneca y a Cicerón. Y que se habían estudiado los principios de la democracia griega más que los marxistas de mi época estudiaban la teoría de la plusvalía (si es que realmente se la estudiaban).
Jefferson conocía incluso el italiano (le llamaba toscano). En italiano hablaba y leía con gran facilidad. De hecho, junto con las 2.000 vides, los 1.000 olivos y los cuadernos de música que escaseaban en Virginia, el florentino Filippo Mazzei, en 1774, le llevó varias copias de un libro escrito por un tal Cesare Beccaria titulado De los delitos y de las penas.
Por su parte, el autodidacta Franklyn era un genio. Científico, impresor, editor, escritor, periodista, político e inventor. En 1752, descubrió la naturaleza eléctrica del rayo e inventó el pararrayos. Casi nada. Con estos líderes extraordinarios, con estos hombres de gran calidad, en 1776, los ciudadanos, a menudo analfabetos o poco instruidos, se rebelaron contra Inglaterra. Hicieron la Guerra de la Independencia y la Revolución Americana.
LIBERTAD E IGUALDAD
Y a pesar de los fusiles y de la pólvora, a pesar de los muertos que conlleva toda guerra, no hicieron una guerra con los ríos de sangre de la futura Revolución Francesa. No la hicieron con la guillotina ni con las matanzas de La Vendée. La hicieron con un pergamino que, junto a la necesidad del alma (la necesidad de tener una patria), concretaba la sublime idea de la libertad o de la libertad esposada con la igualdad. La Declaración de la Independencia.
«We hold these truths to be self-evident... Consideramos evidente esta realidad. Que todos los hombres son creados iguales. Que son dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables. Que, entre estos derechos, está el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Que para asegurar estos derechos los hombres deben instituir gobiernos...».
Y ese pergamino, que desde la Revolución Francesa en adelante todos hemos bien o mal copiado o en el que nos hemos inspirado, constituye todavía la espina dorsal de Estados Unidos. La linfa vital de esta nación. ¿Sabes por qué? Porque transforma a los súbditos en ciudadanos. Porque transforma a la plebe en pueblo. Porque la invita o la exige a gobernarse, expresar su propia individualidad, buscar su propia felicidad.
Todo lo contrario de lo que hacía el comunismo, prohibiendo a la gente rebelarse, gobernarse, expresarse y colocando a Su Majestad el Estado en el trono que antes habían ocupado los reyes. «El comunismo es un régimen monárquico, una monarquía de viejo cuño. Por eso, le corta los cojones a los hombres. Y cuando a un hombre se le cortan los cojones, ya no es un hombre», decía mi padre. Decía también que, en vez de rescatar a la plebe, el comunismo convertía a todos en plebe y mataba a todos de hambre.
A mi juicio, Estados Unidos rescata a la plebe. Son todos plebeyos en Norteamérica. Blancos, negros, amarillos, marrones, violetas, estúpidos, inteligentes, pobres y ricos. Incluso los más plebeyos son precisamente los ricos. En la mayoría de los casos, son maleducados y groseros. Se ve rápidamente que no son nada refinados y que no se apañan con el buen gusto o la sofisticación. A pesar del dinero que se gastan en vestirse, por ejemplo, son tan poco elegantes que, a su lado, la reina de Inglaterra parece chic. Pero están rescatados. Y en este mundo no hay nada más fuerte y más potente que la plebe rescatada. Te rompes siempre los cuernos contra la plebe rescatada.
Y contra Estados Unidos se han roto siempre todos los cuernos. Ingleses, alemanes, mexicanos, rusos, nazis, fascistas y comunistas. Por último se los han roto incluso los vietnamitas que, después de su victoria, han tenido que pactar con ellos, de tal forma que, cuando un ex presidente de Estados Unidos va a hacerles una visita, tocan el cielo con un dedo. «Bienvenido señor presidente, bienvenido señor presidente». Con los hijos de Alá el conflicto será duro. Muy duro y muy largo. A no ser que el resto de Occidente decida ayudar, razone un poco y les eche una mano.
No estoy hablando, como es obvio, a las hienas que se relamen viendo las imágenes de las matanzas y se burlan diciendo «qué bien les está a los americanos». Estoy hablando a las personas que, sin ser estúpidas ni tontas, están sumidas todavía en la prudencia y en la duda. Y a esas les digo: ¡Despertaos, por favor, despertaos de una vez! Intimidados como estáis por el miedo de ir a contracorriente, es decir de parecer racistas (palabra totalmente inapropiada, porque el discurso no es sobre una raza, sino sobre una religión), no os dais cuenta o no queréis daros cuenta de que estamos ante una cruzada al revés.
Habituados como estáis al doble juego, afectados como estáis por la miopía, no entendéis o no queréis entender que estamos ante una guerra de religión. Querida y declarada por una franja del Islam, pero, en cualquier caso, una guerra de religión. Una guerra que ellos llaman yihad. Guerra santa. Una guerra que no mira a la conquista de nuestro territorio, quizás, pero que ciertamente mira a la conquista de nuestra libertad y de nuestra civilización. Al aniquilamiento de nuestra forma de vivir y de morir, de nuestra forma de rezar o de no rezar, de nuestra manera de comer, beber, vestirnos, divertirnos o informarnos...
No entendéis o no queréis entender que si no nos oponemos, si no nos defendemos, si no luchamos, la yihad vencerá. Y destruirá el mundo que, bien o mal, hemos conseguido construir, cambiar, mejorar, hacer un poco más inteligente, menos hipócrita e, incluso, nada hipócrita. Y con la destrucción de nuestro mundo destruirá nuestra cultura, nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra moral, nuestros valores y nuestros placeres... ¡Por Jesucristo!
¿No os dais cuenta de que los Osama bin Laden se creen autorizados a mataros a vosotros y a vuestros hijos, porque bebéis vino o cerveza, porque no lleváis barba larga o chador, porque vais al teatro y al cine, porque escucháis música y cantáis canciones, porque bailáis en las discotecas o en vuestras casas, porque veis la televisión, porque vestís minifalda o pantalones cortos, porque estáis desnudos o casi en el mar o en las piscinas y porque hacéis el amor cuando os parece, donde os parece y con quien os parece? ¿No os importa nada de esto, estúpidos? Yo soy atea, gracias a Dios. Pero no tengo intención alguna de dejarme matar por serlo.
Lo vengo diciendo desde hace 20 años. Desde hace 20 años. Con cierta moderación, pero con la misma pasión, hace 20 años escribí sobre este asunto un artículo de fondo en el Corriere della Sera. Era el artículo de una persona acostumbrada a estar con todas las razas y todos los credos, de una ciudadana acostumbrada a combatir contra todos los fascismos y todas las intolerancias, de una laica sin tabúes. Pero era también el artículo de una persona indignada con los que no olían el tufo de una guerra santa que se acercaba y contra los que les perdonaban demasiado a los hijos de Alá.
CULTURA
Hacía en dicho artículo un razonamiento que sonaba, más o menos, así, hace 20 años: «¿Qué sentido tiene respetar a quien no nos respeta? ¿Qué sentido tiene defender su cultura o su presunta cultura, cuando ellos desprecian la nuestra? Yo quiero defender nuestra cultura y les informo que Dante Alighieri me gusta más que Omar Khayan». Se abrieron los cielos. Me crucificaron. «¡Racista, racista!».
Fueron los propios progresistas (en aquella época se llamaban comunistas) los que me crucificaron. El mismo insulto me lo dedicaron cuando los soviéticos invadieron Afganistán. ¿Recuerdan a aquellos barbudos con sotana y turbante que antes de disparar los morteros, elevaban preces al Señor? «¡Allah akbar! ¡Allah akbar!». Yo los recuerdo perfectamente. Y al ver unir la palabra de Dios a los golpes de mortero, me ponía malita. Me parecía estar en el medievo y decía: «Los soviéticos son lo que son. Pero hay que admitir que, haciendo esta guerra, nos están protegiendo incluso a nosotros. Y les doy las gracias». Se volvieron a abrir los cielos. «¡Racista, racista!». En su ceguera ni siquiera querían oírme hablar de las atrocidades que los hijos de Alá cometían con los militares a los que hacían prisioneros. (Les cortaban los brazos y las piernas, ¿recuerdan? Un pequeño vicio al que se habían dedicado ya en el Líbano con los prisioneros cristianos y hebreos).
No querían que lo contase. Y para hacerse los progresistas aplaudían a los estadounidenses que acongojados por el miedo a la Unión Soviética llenaban de armas al heroico pueblo afgano. Entrenaban a los barbudos, y con los barbudos al barbudísimo Osama bin Laden. ¡Fuera los rusos de Afganistán! ¡Los rusos tienen que salir de Afganistán!
Pues bien, los rusos se fueron de Afganistán. ¿Contentos? Pero desde Afganistán los barbudos del barbudísimo Osama bin Laden llegaron a Nueva York con los barbudos sirios, egipcios, iraquíes, libaneses, palestinos y saudíes que componían la banda de los 19 kamikazes identificados ¿Contentos? Peor aún. Ahora, aquí, se discute del próximo ataque que nos golpeará con armas químicas, biológicas, radiactivas y nucleares. Se dice que la nueva catástrofe es inevitable, porque Irak les proporciona los materiales. Se habla de vacunación, de máscaras de gas, de peste. Hay quien se está preguntando ya cuándo tendrá lugar... ¿Contentos?
Algunos no están ni contentos ni descontentos. Se muestran indiferentes. Norteamérica está muy lejos y entre Europa y América hay un océano... Pues no, queridos míos. No. El océano no es más que un hilo de agua. Porque cuando está en juego el destino de Occidente, la supervivencia de nuestra civilización, Nueva York somos todos nosotros.
América somos todos. Los italianos, los franceses, los ingleses, los alemanes, los austriacos, los húngaros, los eslovacos, los polacos, los escandinavos, los belgas, los españoles, los griegos, los portugueses. Si se hunde América, se hunde Europa. Si se hunde Occidente, nos hundimos todos. Y no sólo en sentido financiero, es decir en el sentido que me parece que es el que más os preocupa. (Una vez, cuando era joven e ingenua, le dije a Arthur Miller: «Los americanos miden todo por el dinero, sólo piensan en el dinero». Y Arthur Miller me contestó: «¿Ustedes no?»).
Nos hundimos en todos los sentidos, querido amigo. Y en el lugar de campanas, encontraremos muecines, en vez de minifaldas, el chador, en vez de coñac, leche de camello. ¿No entendéis ni esto, ni siquiera esto? Blair lo ha entendido. Vino aquí y le renovó a Bush la solidaridad de los británicos. No una solidaridad de pacotilla, sino una solidaridad basada en la caza a los terroristas y en la alianza militar. Chirac, no. Como sabes, hace dos semanas estuvo aquí en visita oficial.
Una visita prevista desde hace tiempo, no una visita ad hoc. Vio las masacres de las dos Torres, supo que los muertos son un número incalculable e, incluso, inconfesable, pero no se conmovió. Durante una entrevista en la CNN, mi amiga Christiane Amanpour le preguntó más de cuatro veces de qué forma y en qué medida pensaba luchar contra esta yihad y, las cuatro veces, Chirac evitó dar una respuesta. Se escurrió como una anguila. Me daban ganas de gritarle: «Monsieur le President, ¿recuerda el desembarco en Normandía? ¿Sabe cuántos americanos murieron en Normandía para expulsar a los alemanes de Francia?».
Excepto Blair, en el resto de los demás líderes europeos veo pocos Ricardos Corazón de León. Y mucho menos en Italia, donde el Gobierno no ha descubierto ni arrestado a ningún cómplice de Osama bin Laden. ¡Por Dios, señor Cavaliere, por Dios! A pesar del temor de la guerra, en todos los países de Europa han sido descubiertos y arrestados algunos cómplices de Osama bin Laden. En Francia, en Alemania, en el Reino Unido, en España... Pero en Italia, donde las mezquitas de Milán, de Turín y de Roma están repletas de bellacos que aplauden a Osama bin Laden, de terroristas que esperan hacer saltar por los aires la Cúpula de San Pedro, ninguno. Cero. Nada. Ninguno.
Explíquemelo, señor Cavaliere. ¿Es que son tan incapaces sus policías y sus carabineros? ¿Son tan ineptos sus servicios secretos? ¿Son tan estúpidos sus funcionarios? ¿Es que todos los musulmanes de Italia son unos santos? ¿Es que ninguno de los hijos de Alá que hospedamos tiene nada que ver con lo que ha sucedido y está sucediendo? ¿O es que por investigar, por descubrir y por arrestar a los que hasta hoy no ha descubierto ni ha detenido, teme que le canten la cantinela habitual de racista, racista? Ya ve que yo no.
¡Por Jesucristo! No le niego a nadie el derecho a tener miedo. El que no tiene miedo a la guerra es un cretino. Y el que quiere hacer creer que no tiene miedo a la guerra, tal y como he escrito mil veces, es un cretino y un estúpido a la vez. Pero en la vida y en la historia hay casos en los que no es lícito tener miedo. Casos en los que tener miedo es inmoral e incivil. Y los que, por debilidad o falta de coraje o por estar acostumbrados a tener el pie en dos estribos se sustraen a esta tragedia, a mí me parecen masoquistas.
LA RABIA Y EL ORGULLO (II PARTE)
Los hijos de Alá
Por Oriana Fallaci
En esta segunda entrega, Oriana Fallaci reflexiona, al hilo de su vivencia de los ataques del 'Martes Negro', sobre el mundo islámico y sus diferencias con la cultura occidental. «En cada experiencia dejo jirones de mi alma», escribió la prestigiosa periodista italiana hace años. Una vez más, es absolutamente cierto.
NUEVA YORK.- ¿Que por qué quiero hacer este discurso sobre lo que tú llamas 'contraste entre las dos culturas'? Pues, si quieres saberlo, porque a mí me fastidia hablar incluso de dos culturas.
Ponerlas sobre el mismo plano, como si fuesen dos realidades paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y sus anfiteatros, sus acueductos, sus puentes y sus calzadas.
Está un revolucionario, aquel Cristo muerto en la cruz, que nos enseñó (y hay que tener paciencia si no lo hemos aprendido) el concepto del amor y de la justicia. Está incluso una Iglesia, que nos dio la Inquisición, de acuerdo. Que torturó y quemó 1.000 veces en la hoguera, de acuerdo. Que nos oprimió durante siglos, que durante siglos nos obligó sólo a esculpir y a pintar cristos y vírgenes, y que casi asesina a Galileo Galilei. Pero también contribuyó decisivamente a la Historia del Pensamiento, ¿sí o no?
Y, además, detrás de nuestra civilización está el Renacimiento. Están Leonardo da Vinci, Miguel Angel, Rafael o la música de Bach, Mozart y Beethoven. Con Rossini, Donizetti, Verdi and company. Esa música sin la cual no sabemos vivir y que en su cultura, o en su supuesta cultura, está prohibida. Pobre de ti si tarareas una cancioncilla o los coros de Nabucco.
Y por último está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto muchas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha inventado máquinas maravillosas. El tren, el coche, el avión, las naves espaciales con las que hemos ido a la Luna y quizás pronto vayamos a Marte. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión... Por cierto, ¿es verdad que los santones de la izquierda no quieren decir todo esto que yo acabo de enumerar? ¡Válgame Dios, qué bobos! No cambiarán jamás. Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?
Busca, busca, porque yo sólo encuentro a Mahoma con su Corán y a Averroes con sus méritos de estudioso (los comentarios sobre Aristóteles, etc.), al que Arafat encasqueta el honor de haber creado incluso los números y las matemáticas. De nuevo chillándome en la cara, de nuevo cubriéndome de pollos, en 1972, me dijo que su cultura era superior a la mía, muy superior a la mía, porque sus antepasados habían inventado los números y las matemáticas.
MEMORIA
Pero Arafat tiene poca memoria. Por eso cambia de idea y se desmiente cada cinco minutos. Sus antepasados no inventaron los números ni las matemáticas. Inventaron la grafía de los números, que también nosotros, los infieles, utilizamos, y las matemáticas fueron concebidas casi al mismo tiempo por todas las antiguas civilizaciones. En Mesopotamia, en Grecia, en la India, en China, en Egipto y entre los mayas... Sus antepasados, ilustre señor Arafat, sólo nos han dejado unas cuantas bellas mezquitas y un libro con el que, desde hace 1.400 años, nos rompen las crismas mucho más que los cristianos nos la rompían con la Biblia y los hebreos con la Torá.
Y ahora veamos cuáles son los méritos que adornan al Corán. ¿Se puede hablar realmente de méritos del Corán? Desde que los hijos de Alá casi destruyeron Nueva York, los expertos del Islam no dejan de cantarme las alabanzas de Mahoma. Me explican que el Corán predica la paz, la fraternidad y la justicia. (Por lo demás, lo dice hasta Bush, pobre Bush. Y es lógico que Bush tenga que tranquilizar a los 24 millones de musulmanes estadounidenses, convencerlos de que cuenten todo lo que saben sobre los eventuales parientes o amigos o conocidos fieles de Osama bin Laden).
¿Pero cómo se come eso con la historia del ojo por ojo y diente por diente? ¿Cómo se come con el chador y el velo que cubre el rostro de las musulmanas, que hasta para poder echarle una ojeada al prójimo esas infelices tienen que mirar a través de una tupida rejilla colocada a la altura de sus ojos? ¿Cómo se come eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres deben contar menos que los camellos, no deben ir a la escuela, no deben hacerse fotografías, etc? ¿Cómo se come eso con el veto a los alcoholes y con la pena de muerte para el que beba? Porque también esto está en el Corán. Y no me parece tan justo, tan fraterno ni tan pacífico.
Esta es, pues, mi respuesta a tu pregunta sobre el contraste de las dos culturas. En el mundo hay sitio para todos, digo yo. En su casa, cada cual hace lo que quiere. Y si en algunos países las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas. Si son tan estúpidas como para aceptar no ir a la escuela, no ir al doctor, no hacerse fotografías, etcétera, peor para ellas. Si son tan necias como para casarse con un badulaque que quiere tener cuatro mujeres, peor para ellas. Si sus maridos son tan bobos como para no beber vino ni cerveza, ídem. No seré yo quien se lo impida. Faltaría más. He sido educada en el concepto de libertad y mi madre siempre decía: «El mundo es bello porque es muy variado». Pero si me pretenden imponer todas esas cosas a mí, en mi casa...
Porque la verdad es que lo pretenden. Osama bin Laden afirma que todo el planeta Tierra deber ser musulmán, que tenemos que convertirnos al Islam, que por las buenas o por las malas él nos hará convertir, que para eso nos masacra y nos seguirá masacrando. Y esto no puede gustarnos, no. Debe darnos, por el contrario, razones más que suficientes para matarle a él.
CRUZADA
Pero la cosa no se resuelve, ni se termina, con la muerte de Osama bin Laden. Porque hay ya decenas de miles de Osamas bin Laden, y no están sólo en Afganistán y en los demás países árabes. Están en todas partes, y los más aguerridos están precisamente en Occidente. En nuestras ciudades, en nuestras calles, en nuestras universidades, en los laboratorios tecnológicos. Una tecnología que cualquier idiota puede manejar. Hace tiempo que comenzó la cruzada. Y funciona como un reloj suizo, sostenida por una fe y una perfidia sólo equiparable a la fe y a la perfidia de Torquemada cuando dirigía la Inquisición. De hecho, es imposible dialogar con ellos. Razonar, impensable. Tratarlos con indulgencia o tolerancia o esperanza, un suicidio. Y el que crea lo contrario es un iluso.
Te lo dice una que conoció bastante bien ese tipo de fanatismo en Irán, Pakistán, Bangladesh, Arabia Saudí, Kuwait, Libia, Jordania, el Líbano y en su propia casa, es decir, en Italia. Una que lo ha experimentado incluso en muchos y muy variados episodios triviales y grotescos, con los que ha tenido confirmación absoluta de su fanatismo. Nunca olvidaré lo que me pasó en la embajada iraní de Roma, cuando fui a pedir un visado para viajar a Teherán, para entrevistar a Jomeini, y me presenté con las uñas pintadas de rojo. Para ellos, signo de inmoralidad. Me trataron como una prostituta a la que hay que quemar en la hoguera. Me querían obligar a quitarme el esmalte. Y si no les hubiese dicho lo que tenían que quitarse ellos, o incluso cortarse...
Nunca olvidaré tampoco lo que me pasó en Qom, la ciudad santa de Jomeini, donde como mujer fui rechazada en todos los hoteles. Para entrevistar a Jomeini tenía que ponerme un chador, para ponerme el chador tenía que quitarme los vaqueros y para quitarme los vaqueros quería utilizar el coche con el que había viajado desde Teherán. Pero el intérprete me lo impidió. «Está usted loca, loca de remate, hacer una cosa así en Qom es correr el riesgo de ser fusilada». Prefirió llevarme al antiguo Palacio Real, donde un guardia piadoso nos acogió y nos dejó la antigua Sala del Trono.
De hecho, yo me sentía como la Virgen que para dar a luz al Niño Jesús se refugia junto a José en el pesebre del asno y del buey. Pero a un hombre y a una mujer no casados entre sí, el Corán les prohíbe estar en la misma estancia con la puerta cerrada y, hete aquí, que de pronto la puerta se abrió. El mulá dedicado al control de la moralidad irrumpió gritando «vergüenza, vergüenza, pecado, pecado». Y, para él, sólo había una forma de no terminar fusilados: casarnos. Firmar el acta de matrimonio que el mulá nos restregaba en las narices.
El problema era que el intérprete tenía una mujer española, una tal Consuelo, que no estaba dispuesta en absoluto a aceptar la poligamia y, además, yo no quería casarme con nadie. Y mucho menos con un iraní con esposa española y que no estaba dispuesta en absoluto a aceptar la poligamia. Al mismo tiempo, no quería morir fusilada ni perder la entrevista con Jomeini. En ese dilema me debatía cuando...
Te ríes, ¿verdad? Te parecen tonterías. Pues, entonces, no te cuento el final de este episodio. Para hacerte llorar te contaré el de 12 jovencitos impuros que, terminada la guerra de Bangladesh, vi ajusticiar en Dacca. Los ajusticiaron en el estadio de Dacca, a golpes de bayoneta en el tórax o en el vientre, ante la presencia de 20.000 fieles que, desde las tribunas, aplaudían en nombre de Dios. Chillaban «¡Allah akbar, Allah akbar!».
Lo sé, lo sé, en el Coliseo, los antiguos romanos, aquellos antiguos romanos de los que mi cultura se siente orgullosa, se divertían viendo morir a los cristianos como pasto de los leones. Lo sé, lo sé, en todos los países de Europa, los cristianos, aquellos cristianos a los que, a pesar de mi ateísmo, les reconozco la contribución que han hecho a la Historia del Pensamiento, se divertían viendo arder a los herejes. Pero, desde entonces, ha llovido mucho. Nos hemos vuelto más civilizados, e incluso los hijos de Alá deberían haber comprendido que ciertas cosas no se hacen.
Tras los 12 jovencitos impuros, mataron a un niño que, para intentar salvar al hermano condenado a muerte, se había abalanzado sobre los verdugos. Los militares le rompieron la cabeza a puntapiés con sus botas. Y si no me crees, vuelve a leer mi crónica y la crónica de los periodistas franceses y alemanes que, presos del terror como yo, estaban también allí. O mejor aún, mira las fotos que uno de ellos consiguió.
De todas formas, lo que quiero subrayar no es esto. Lo que quiero subrayar es que, concluido el acto, los 20.000 fieles (muchas mujeres entre ellos) abandonaron las tribunas y bajaron al terreno de juego. No de una forma despavorida, no. De una forma ordenada y solemne. Lentamente compusieron un cortejo y, siempre en nombre de Dios, pisaron a los cadáveres. Siempre gritando «¡Allah akbar, Allah akbar!». Los destruyeron como a las Torres Gemelas de Nueva York. Los redujeron a un tapiz sanguinolento de huesos rotos.
REHENES ESTADOUNIDENSES
Y así podría seguir hasta el infinito. Podría contarte cosas nunca dichas, cosas para ponerte los pelos de punta. Sobre el chocho de Jomeini, por ejemplo, que después de la entrevista celebró una asamblea en Qom para declarar que yo le acusaba de cortarle los pechos a las mujeres. De tal asamblea salió un vídeo que durante meses fue transmitido por la televisión de Teherán, de tal forma que, cuando al año siguiente volví a Teherán, fui arrestada apenas puse el pie en el aeropuerto. Y las pasé canutas, muy canutas.
Era la época de los rehenes estadounidenses. Podría hablarte de aquel Mujib Rahman que, siempre en Dacca, había ordenado a sus guerrilleros que me eliminasen por ser una europea peligrosa, y menos mal que un coronel inglés me salvó, poniendo su propia vida en peligro. O de aquel palestino, de nombre Habash, que me mantuvo durante 20 minutos con una metralleta colocada en la sien. ¡Dios mío, qué gente! Los únicos con los que mantuve una relación civilizada fueron el pobre Alí Bhutto, el primer ministro de Pakistán, ahorcado por ser demasiado amigo de Occidente, y el bravísimo rey de Jordania, Husein. Pero esos dos eran tan musulmanes como yo católica.
Pero aterricemos y veamos la conclusión de mi razonamiento. Una conclusión que seguro no les gustará a muchos, dado que defender la propia cultura, en Italia, se está convirtiendo en un pecado mortal. Y dado que, intimidados por la palabra «racista», impropiamente utilizada, todos callan como conejos. Yo no voy a levantar tiendas a La Meca. Yo no voy a cantar padrenuestros y avemarías ante la tumba de Mahoma. Yo no voy a hacer pipí en el mármol de sus mezquitas ni a hacer caca a los pies de sus minaretes.
Cuando me encuentro en sus países (de los que no guardo buen recuerdo), jamás olvido que soy huésped y extranjera. Estoy atenta a no ofenderles con costumbres, gestos o comportamientos que para nosotros son normales, pero que para ellos son inadmisibles. Los trato con obsequioso respeto, obsequiosa cortesía, me disculpo si por descuido o ignorancia infrinjo algunas de sus reglas o supersticiones.
Y este grito de dolor y de indignación te lo he escrito teniendo ante los ojos imágenes que no siempre eran las apocalípticas escenas con las que comencé mi discurso. A veces, en vez de dichas imágenes, veía otras, para mí simbólicas (y por lo tanto, indignantes), de la gran tienda con la que, el verano pasado, los musulmanes somalíes hollaron, ensuciaron y ultrajaron durante tres meses la plaza del Duomo de Florencia. Mi ciudad.
Una tienda levantada para censurar, condenar e insultar al Gobierno italiano que les albergaba, pero que no les concedía los visados necesarios para pasearse por Europa y no les dejaba introducir en Italia la horda de sus parientes: madres, abuelos, hermanos, hermanas, tíos, tías, primos, cuñadas encinta e, incluso, parientes de los parientes. Una tienda situada al lado del bello Palacio del Arzobispado, en cuyas escalinatas dejaban sus sandalias o las babuchas que, en sus países, alinean fuera de las mezquitas. Y junto a las sandalias y a las babuchas, las botellas vacías de agua con la que se lavaban los pies antes de la oración. Una tienda colocada frente a la catedral con la cúpula de Brunelleschi y al lado del Bautisterio con las puertas de oro de Ghiberti.
Una tienda, por fin, amueblada como un vulgar apartamento: sillas, mesas, chaise-longues y colchones para dormir y hacer el amor, y hornos para cocer la comida y apestar la plaza con el humo y con el olor. Y, gracias a la inconsciencia del ENEL que ilumina nuestras obras de arte cuando quiere, luz eléctrica gratis.
Gracias a una grabadora, los gritos de un vociferante muecín que puntualmente exhortaba a los fieles, ensordecía a los infieles y tapaba el sonido de las campanas. Y junto a todo esto, los amarillos regueros de orina que profanaban los mármoles del Bautisterio (¡qué asco! ¡Tienen la meada larga estos hijos de Alá! ¿Cómo hacían para llegar al objetivo, separado de la verja de protección y, por lo tanto, distante casi dos metros de su aparato urinario?). Junto a los regueros amarillos de orina, el hedor de la mierda que bloqueaba el portón de San Salvador del obispo, la exquisita iglesia románica (del año 1000) que se encuentra a la espalda de la plaza del Duomo y que los hijos de Alá habían transformado en un cagatorio. Lo sé de primera mano.
Lo sé bien porque fui yo la que te llamé y te rogué que hablases de ellos en el Corriere, ¿recuerdas? Llamé también al alcalde, que tuvo la amabilidad de venir a mi casa. Me escuchó y me dio la razón: «Tiene razón, toda la razón...». Pero no hizo levantar la tienda. Se olvidó del tema o no fue capaz de conseguirlo. Llamé incluso al ministro de Exteriores, que era un florentino, un florentino de esos que hablan con acento muy florentino y, por lo tanto, perfecto conocedor de la situación. También él me escuchó. Y me dio la razón: «Sí, sí, tiene usted toda la razón». Pero no movió un dedo para quitar la tienda. Y no sólo eso sino que, además, rápidamente contentó a los hijos de Alá que orinaban en el Bautisterio y cagaban en San Salvatore del Obispo (me da la sensación de que de las abuelas, las madres, los hermanos y hermanas, los tíos y tías, los primos y las cuñadas encinta están ya donde querían estar. Es decir, en Florencia y en las demás ciudades de Europa).
Entonces cambié de sistema. Llamé a un simpático policía que dirige la oficina de seguridad de la ciudad y le dije: «Querido agente, no soy un político. Por eso, cuando digo que voy a hacer una cosa, la hago. Además conozco la guerra y hay ciertas cosas que me son familiares. Si mañana por la mañana no levantan la jodida tienda, la quemo. Juro por mi honor que la quemo y que ni siquiera un regimiento de carabineros conseguirá impedírmelo. Y por esto que acabo de confesarle, quiero, además, ser arrestada, llevada a la cárcel esposada. Así termino saliendo en todos los periódicos».
Pues bien, siendo más inteligente que todos los demás, al cabo de pocas horas hizo levantar la tienda. En el lugar de la tienda quedó sólo una inmensa y repugnante mancha de suciedad. Toda una victoria pírrica. Pírrica porque no influyó para nada en los demás estúpidos que, desde hace años, hieren y humillan a la que era la capital del arte, la cultura y la belleza. Pírrica porque no desanimó para nada a los otros arrogantísimos huéspedes de la ciudad: a los albaneses, sudaneses, bengalíes, tunecinos, argelinos, paquistaníes y nigerianos, que con tanto fervor contribuyen al comercio de la droga y de la prostitución, por lo que parece no prohibido por el Corán.
Sí, sí, están todos donde estaban antes de que mi policía levantase la tienda. Dentro de la plaza de los Uffizi, a los pies de la Torre de Giotto. Delante de la Logia de Orcagna, alrededor de la Logia de Porcellino. Frente a la Biblioteca Nacional, a la entrada de los museos. En el Puente Viejo, donde de vez en cuando se lían a cuchilladas o a tiros. En todos los lugares en los que han pretendido o conseguido que el municipio les financie (sí, señor, les financie).
En el atrio de la iglesia de San Lorenzo, donde se emborrachan con vino, cerveza y licores, raza de hipócritas, y donde profieren todo tipo de obscenidades a las mujeres. (El verano pasado, en ese atrio, me las dijeron incluso a mí, que soy ya una mujer mayor. Y, como es lógico, les planté cara. Sí, sí les planté cara. Uno sigue todavía allí, doliéndole los genitales). En medio de las históricas calles, donde campan a sus anchas con el pretexto de vender sus mercancías. Por mercancías entiendo bolsos y maletas copiadas de modelos protegidos con sus respectivas marcas y, por lo tanto, ilegales. Amén de sus postales, lapiceros, estatuillas africanas que los turistas ignorantes creen que son esculturas de Bernini, o ropa. («Je connais mes droits [Conozco mis derechos]», me espetó, en el Puente Viejo, uno al que vi vender ropa).
RESIGNACION
Y si al ciudadano se le ocurre protestar, si les responde que «esos derechos los vas a ejercer a tu casa», se le tacha inmediatamente de «racista, racista». Mucho cuidado con que un polícía municipal se le acerque y le insinúe: «Señor hijo de Alá, excelencia, ¿no le molestaría demasiado apartarse un poquito para dejar pasar a la gente?». Se lo comen vivo. Lo agreden con sus navajas. O, como mínimo, insultan a su madre y a su progenie. «Racista, racista». Y la gente lo soporta todo, resignada. No reacciona ni siquiera cuando les gritas lo que mi abuelo gritaba durante la época del fascismo: «¿No os importa nada la dignidad? ¿No tenéis un poco de orgullo, cabestros?».
Sé que eso pasa también en otras ciudades. En Turín, por ejemplo. Esa Turín que hizo Italia y que, ahora, ya casi no parece una ciudad italiana. Parece Argel, Dacca, Nairobi, Damasco o Beirut. En Venecia. Esa Venecia en la que las palomas de la plaza de San Marcos fueron sustituidas por tapetes con la mercancía y, donde incluso Otelo se sentíría a disgusto. En Génova. Esa Génova donde los maravillosos palacios que Rubens admiraba tanto fueron secuestrados por ellos y se deterioran como bellas mujeres violadas. En Roma. Esa Roma donde el cinismo de la política, de la mentira, de todos los colores, los corteja con la esperanza de conseguir su futuro voto y donde los protege el mismísimo Papa. (Santidad, ¿por qué no los acoge, en nombre del Dios único, en el Vaticano? A condición, que quede claro, de que no ensucien incluso la Capilla Sixtina, las estatuas de Miguel Angel y los cuadros de Rafael).
TRABAJO
En fin, ahora soy yo la que no entiende. No entiendo por qué a los hijos de Alá en Italia se les llama «trabajadores extranjeros». O «mano de obra que necesitamos». No hay duda alguna de que algunos de ellos trabajan. Los italianos se han vuelto unos señoritingos. Van de vacaciones a las Seychelles y vienen a Nueva York a comprar ropa en Bloomingdale's. Se avergüenzan de trabajar como obreros y como campesinos y no quieren que se les asocie ya con el proletariado.
¿Pero aquellos de los que estoy hablando qué trabajadores son? ¿Qué trabajo hacen? ¿De qué forma suplen la necesidad de mano de obra que el ex proletario italiano ya no cubre? ¿Vagabundeando por la ciudad con el pretexto de las mercancías para vender? ¿Zanganeando y estropeando nuestros monumentos? ¿Rezando cinco veces al día?
Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que los traen a Italia? ¿Quién les da los 10 millones por cabeza (10 millones como mínimo) necesarios para comprarse el billete? ¿No se los estará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden, con el objetivo de poner en marcha una conquista que no es sólo una conquista de almas, sino también una conquista de territorio?
Y aunque no se lo dé, esta historia no me convence. Aunque nuestros huéspedes fuesen absolutamente inocentes, aunque entre ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el chador, ninguno que quiera quemarme en la hoguera de una nueva Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón. Y se equivoca el que se plantea este fenómeno a la ligera o con optimismo. Se equivoca, sobre todo, quien compara la oleada migratoria que se está abatiendo sobre Italia y sobre Europa con la oleada migratoria que nos condujo a América en la segunda mitad del siglo XIX, incluso a finales del XIX y comienzos del XX. Y te digo el porqué.
LA RABIA Y EL ORGULLO (y III)
Mi patria, mi Italia
Por Oriana Fallaci
Sabedora de la polémica que suscitará, la escritora Oriana Fallaci concluye en estas páginas su experiencia en los ataques del 11 de septiembre con una reflexión sobre la patria. «Algunas de estas cosas tenía que decirlas. Las he dicho. Ahora dejadme en paz. La puerta se cierra de nuevo y no quiero volverla a abrir».
No hace mucho tiempo tuve la oportunidad de captar una frase pronunciada por uno de los miles de presidentes del Consejo que honraron a Italia desde hace décadas. «¡Mi tío también fue emigrante! ¡Recuerdo a mi tío marchar con la maleta de tela a América!» O algo así. Pues no, querido. No. No es lo mismo. Y no lo es, por dos motivos bastante sencillos.
El primero es que, en la segunda mitad del XIX, la oleada migratoria hacia América no se realizó de una forma clandestina ni por prepotencia de quien la efectuaba. Fueron los americanos los que la querían y la solicitaron. Y por medio de una disposición concreta del Congreso. «Venid, venid, que os necesitamos. Venid y os regalamos un buen trozo de tierra». Los estadounidenses han hecho incluso una película sobre el tema, protagonizada por Tom Cruise y Nicole Kidman, cuyo final me llamó muchísimo la atención. Se trata de la escena en la que los desgraciados corren para plantar su banderita blanca en el terreno que será suyo, pero sólo los más jóvenes y los más fuertes lo consiguen. Los demás se quedan con un palmo de narices y algunos mueren en la carrera.
Que yo sepa, en Italia nunca hubo una decisión del Parlamento invitando o solicitando a nuestros huéspedes a abandonar sus países. «Venid, venid, que os necesitamos. Si venís os regalamos una finca en Chianti». Han llegado aquí por propia iniciativa, con sus malditas pateras y ante las barbas de los policías que intentaban hacerles regresar. Más que una emigración es, pues, una invasión efectuada bajo la consigna de la clandestinidad. Una clandestinidad que preocupa porque no es una clandestinidad bondadosa y dolorosa. Es una clandestinidad arrogante y protegida por el cinismo de los políticos que cierran un ojo y, a veces, los dos ante ella.
Nunca olvidaré las asambleas con las que los clandestinos llenaron las plazas de Italia, el año pasado, para conseguir sus permisos de residencia. Sus rostros turbios y feos. Sus puños alzados, amenazantes. Sus voces airadas que me retrotraían al Teherán de Jomeini. No lo olvidaré jamás, porque me sentí vejada por los ministros que decían: «Querríamos repatriarlos, pero no sabemos dónde se esconden». ¡Estúpidos! En nuestras plazas había miles de ellos y ciertamente no se escondían en absoluto. Para repatriarlos, hubiera bastado con ponerlos en fila, por favor, querido señor, acomódese, y acompañarlos a un puerto o a un aeropuerto.
El segundo motivo, querido sobrino del tío de la maleta de tela, lo entendería incluso un escolar de primaria. Para exponerlo, bastan un par de elementos. Uno: América es un continente. Y en la segunda mitad del XIX, es decir cuando el Congreso estadounidense dio su visto bueno a la inmigración, dicho continente estaba casi despoblado. La mayoría de la población se condensaba en los estados del Este, es decir, en los estados de la zona del Atlántico y en el Mid West había todavía muy poca gente. Y California estaba casi vacía. Pues bien, Italia no es un continente. Es un país muy pequeño y muy poblado.
Dos: Estados Unidos es un país bastante joven. Piense que la Guerra de la Independencia tuvo lugar a finales del 1700, se deduce, pues, que apenas tiene 200 años y se entiende por qué su identidad cultural no está todavía bien definida. Italia, por el contrario, es un país muy viejo. Su historia tiene al menos 3.000 años. Su identidad cultural es, pues, muy precisa y, dejémonos de tonterías, no está dispuesta a prescindir de una religión que se llama la religión católica y de una iglesia que se llama la Iglesia católica. La gente como yo suele decir: «No quiero tener tratos con la Iglesia católica. Pero claro que los tenemos. Y muchos. Me guste o no. Nací en un paisaje de iglesias, conventos, cristos, vírgenes y santos. La primera música que oí al venir al mundo fue la música de las campanas. Las campanas de Santa María del Fiore, cuyos tañidos sofocaba con su cháchara el muecín de la época de la tienda. Y con esa música y en medio de ese paisaje crecí. Y a través de esa música y de ese paisaje aprendí qué es la arquitectura, qué es la escultura, qué es la pintura y qué es el arte. Y a través de esa iglesia (después rechazada) comencé a preguntarme qué es el Bien, qué es el Mal... ¡Por Dios!
¿Lo ves? He escrito «por Dios». Con todo mi laicismo, con todo mi ateísmo, estoy tan impregnada de la cultura católica que forma parte incluso de mi forma de expresarme. Adiós, gracias a Dios, por Dios, Jesús, Dios mío, Madonna mía, qué Cristo... Estas frases me vienen espontáneas. Tan espontáneas que ni siquiera me doy cuenta de que las pronuncio o las escribo. ¿Quieres que te las diga todas? A pesar de que no le haya perdonado jamás al catolicismo las infamias que me impuso durante siglos, comenzando por la Inquisición que quemaba incluso a las abuelas, pobres abuelas, y a pesar de que no esté en absoluto de acuerdo con los curas y no entienda nada de sus plegarias, me gusta tanto la música de las campanas... Una música que me acaricia el corazón. Me encantan también esos cristos y esas vírgenes y esos santos pintados o esculpidos. Incluso tengo la manía de los iconos. Me gustan también los conventos y los monasterios. Me proporcionan un sentido de paz y, a veces, incluso envidio a sus inquilinos. Y, además, admitámoslo: nuestras catedrales son más bellas que las mezquitas y las sinagogas, ¿sí o no? Son más bellas también que las iglesias protestantes.
RELIGIONES
Mira, el cementerio de mi familia es un cementerio protestante. Acoge a los muertos de todas las religiones, pero es protestante. Y una bisabuela mía era valdense. Una tía abuela, evangélica. A la bisabuela valdense no la conocí. Pero sí conocí, en cambio, a la tía abuela evangélica. Cuando era niña, me llevaba siempre a las funciones de su iglesia en Vía de Benci en Florencia y, Dios mío, cómo me aburría... Me sentía totalmente sola en medio de aquellos fieles que sólo cantaban salmos, con aquel cura que no era un cura y que sólo leía la Biblia, en aquella iglesia que no me parecía una iglesia y que, excepto un pequeño púlpito, sólo tenía un gran crucifijo. Nada de ángeles, ni de vírgenes, ni de incienso... Echaba de menos incluso el olor del incienso y me hubiera gustado estar en la vecina basílica de la Santa Cruz donde había todas estas cosas. Las cosas a las que estaba acostumbrada. En mi casa de campo, en Toscana, hay una pequeña capilla. Está siempre cerrada. Desde que murió mi madre, nadie entra en ella. Pero, a veces, yo voy a limpiarle el polvo, a controlar que los ratones no hagan allí sus nidos y, a pesar de mi educación laica, me encuentro en ella muy a gusto. A pesar de mi anticlericalismo, me muevo en la capilla como pez en el agua. Y creo que la mayoría de los italianos te confesaría lo mismo (A mí me lo confesó Berlinguer).
¡Santo Dios!, (me río), te estoy diciendo que nosotros, los italianos, no estamos en las mismas condiciones que los estadounidenses: mosaico de grupos étnicos y religiosos, mescolanza de 1.000 culturas, abiertos a cualquier invasión y, al mismo tiempo, capaces de rechazarlas todas. Te estoy diciendo que, precisamente porque está definida desde hace muchos siglos y es muy precisa, nuestra identidad cultural no puede soportar una oleada migratoria compuesta por personas que, de una u otra forma, quieren cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros valores. Te estoy diciendo que entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los minaretes, para los falsos abstemios, para su jodido medievo, para su jodido chador. Y si lo hubiese, no se lo daría. Porque equivaldría a echar fuera a Dante Alighieri, a Leonardo da Vinci, a Miguel Angel, a Rafael, al Renacimiento, al Resurgimiento, a la libertad que hemos conquistado bien o mal, a nuestra patria. Significaría regalarles Italia. Y yo, no les regalo Italia.
Soy italiana. Se equivocan los tontos que me creen ya estadounidense. Nunca he pedido la ciudadanía estadounidense. Hace años, un embajador americano me la ofreció a través del celebrity status y, tras haberle dado las gracias, le respondí: «Sir, estoy bastante vinculada a América. Me peleo siempre con ella, le echo en cara muchas cosas y, sin embargo, estoy profundamente vinculada a ella. América es para mí un amante o, incluso, un marido al que siempre permaneceré fiel. Siempre que no me ponga los cuernos. Me gusta este marido. Y no me olvido jamás de que si no hubiese decidido luchar contra Hitler y contra Mussolini, hoy hablaría alemán. No olvido jamás que si no le hubiese plantado cara a la Unión Soviética, hoy hablaría ruso. Le quiero bien a mi marido y me resulta simpático. Me encanta, por ejemplo, el hecho de que cuando llego a Nueva York y entrego mi pasaporte con el certificado de residencia, el aduanero me diga con una gran sonrisa: «Welcome home». Me parece un gesto tan generoso y tan afectuoso. Además, me recuerda que Estados Unidos siempre ha sido el refugium peccatorum de la gente sin patria. Pero yo, Sir, ya tengo una patria. Mi patria es Italia. Italia es mi madre. Sir, amo a Italia. Y coger la ciudadanía americana me parecería renegar de mi madre».
También le dije que mi lengua es el italiano, que en italiano escribo y que, en inglés, me traduzco y basta. Con el mismo espíritu con el que me traduzco en francés, sintiéndola una lengua extranjera. Y también le conté que, cuando oigo el himno nacional me conmuevo. Que cuando escucho el «Hermanos de Italia, la Italia que está despierta, parapá, parapá, parapá» se me hace un nudo en la garganta. Ni siquiera me doy cuenta de que, como himno, es más bien malucho. Sólo pienso: es el himno de mi patria. Por lo demás, el nudo en la garganta también se me pone cuando contemplo la bandera blanca, roja y verde que ondea al viento. Forofos de los estadios aparte, se entiende. Tengo una bandera blanca, roja y verde del XIX. Toda llena de manchas, de manchas de sangre y toda roída por la polilla. Y si bien en el centro está el escudo saboyano (sin Cavour y sin Victor Emmanuel II y sin Garibaldi que se inclinó ante esa insignia, no habríamos conseguido la Unidad de Italia), la guardo como oro en paño. La conservo como una joya. ¡Hemos muerto por esta tricolor! Ahorcados, decapitados, fusilados. Asesinados por los austriacos, por el Papa, por el duque de Módena, por los Borbones. Con esta tricolor hemos hecho el Resurgimiento. Y la unidad de Italia y la guerra en el Carso y la Resistencia.
Por esta tricolor mi tatarabuelo materno, Giobatta, luchó en Curtatone y en Montanara y quedó horrendamente desfigurado por un trabucazo austriaco. Por esta tricolor, mis tíos paternos soportaron todo tipo de penalidades en las trincheras del Carso. Por esta tricolor, mi padre fue arrestado y torturado en Villa Triste por los nazi-fascistas. Por esta tricolor, toda mi familia hizo la Resistencia. Una Resistencia que hice incluso yo. En las filas de Justicia y Libertad, con el nombre de guerra de Emilia. Tenía 14 años. Cuando al año siguiente, me dieron el alta en el Ejército Italiano-Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, me sentí tan orgullosa. ¡Jesús y María, había sido un soldado italiano! Y cuando me informaron de que, al darme de alta, me correspondían 14.540 liras, no sabía si aceptarlas o no. Me parecía injusto aceptarlas por haber cumplido mi deber con la patria. Pero las acepté. En casa, nadie tenía zapatillas. Y con ese dinero compramos zapatillas para mí y para mis hermanas.
Naturalmente, mi patria, mi Italia, no es la Italia de hoy. La Italia jaranera, cazurra y vulgar de los italianos que piensan sólo en jubilarse antes de los 50 y que sólo se apasionan por las vacaciones en el extranjero y por los partidos de fútbol. La Italia tonta, estúpida, pusilánime de esas pequeñas hienas que, por estrechar la mano de una estrella de Hollywood, venderían a su propia hija a un burdel de Beirut, pero si los kamikazes de Osama bin Laden reducen miles de neoyorquinos a una montaña de cenizas que parece café machacado, dicen contentos: «Les está bien empleado a los americanos».
La Italia escuálida, cobarde, sin alma, de los partidos presuntuosos e incapaces que no saben ni ganar ni perder, pero saben como pegar los grasientos traseros de sus representantes a las poltronas de diputados, de ministros o de alcaldes. La Italia todavía mussoliniana de los fascistas negros y rojos que te inducen a recordar la terrible profecía de Ennio Flaiano: «En Italia, los fascistas se dividen en dos categorías: los fascistas y los antifascistas». Tampoco es la Italia de los magistrados y de los políticos que, ignorando la consecutio-temporum, pontifican desde las pantallas televisivas con monstruosos errores de sintaxis. Tampoco es la Italia de los jóvenes que, teniendo tales maestros, se ahogan en la ignorancia más escandalosa, en la superficialidad más ingenua y en el vacío más absoluto. De ahí que a los errores de sintaxis ellos añadan los errores de ortografía y si les preguntas quiénes eran los Carbonarios, quiénes eran los liberales, quién era Silvio Pellico, quién era Mazzini, quién era Massimo D'Azeglio, quién era Cavour, quién era Victor Emmanuel II, te miran con la pupila cerrada y la lengua floja. No saben nada. Como máximo, estos pequeños idiotas sólo saben recitar los nombres de los aspirantes a terroristas en tiempos de paz y de democracia, ondear las banderas negras y esconder el rostro detrás de pasamontañas. Ineptos.
Y tampoco me gusta la Italia de las chicharras que, después de leer esto, me odiarán por haber escrito la verdad. Entre un plato de espaguetis y otro, me maldecirán, desearán que sea asesinada por uno de sus protegidos, es decir, por Osama bin Laden. No, no. Mi Italia es una Italia ideal. Es la Italia que soñaba de muchacha, cuando fui dada de alta del Ejército Italiano-Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, y estaba llena de ilusiones. Una Italia seria, inteligente, digna y valiente y, por lo tanto, merecedora de respeto. Y cuidado con el que me toque a esa Italia o con el que se ría o se burle de ella. Cuidado con el que me la robe o con el que me la invada. Porque para mí es lo mismo que los que la invaden sean los franceses de Napoleón, los austriacos de Francisco José, los alemanes de Hitler o los comparsas de Osama bin Laden. Y me da lo mismo que, para invadirla, utilicen cañones o pateras.
Te saludo afectuosamente, mi querido Ferrucio, y te advierto: no me pidas nada nunca más. Y mucho menos que participe en polémicas vanas. Lo que tenía que decir lo dije. Me lo han ordenado la rabia y el orgullo. La conciencia limpia y la edad me lo han permitido. Pero ahora tengo que volver al trabajo y no quiero ser molestada. Punto y final.
FIN
Copyright: CORRIERE DELLA SERA
Traducción de José Manuel Vidal.
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Lunes, 25 de julio de 2005
• La marcha del progreso
Un atajo es la distancia más larga entre dos puntos.
• Primera ley de Pantuso
Si hoy pagamos carísimo la edición de lujo de un libro mañana se lanzará su edición de quioscos.
• Ley deportiva de Thomas
El más reacio a jugar es el que gana.
• Ley laboral de Lapner
Cuando salgas tarde del trabajo, pasaras inadvertido.
Cuando salgas pronto del trabajo, tropezaras con el jefe en el aparcamiento.
• Regla de Toynbee
En cuestiones religiosas, es muy fácil engañar a la humanidad, y muy difícil desengañarla.
• Ley de Boob
Todo se encuentra en el último lugar donde buscamos.
• Comentario de Bloch sobre la ley de Boob
Todo se encuentra en el primer lugar donde buscamos.
Pero nunca lo encontramos la primera vez que buscamos allí.
• Axioma de Augler
Por bien que realices tu tarea, un superior procurará modificar los resultados.
• Ley de seguros de Miller
El seguro cubre todo excepto lo que sucede.
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Jueves, 21 de julio de 2005
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Domingo, 17 de julio de 2005
De mi biblioteca
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas. Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.
Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.
El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja».
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque
me dio sus ojos para ver: «Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche». Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre.
-¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? -oí que me preguntaban.
-Voy a ver a mi padre -contesté.
-¡Ah! -dijo él.
Y volvimos al silencio.
Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto.
-Bonita fiesta le va a armar -volví a oír la voz del que iba allí a mi lado-. Se pondrá contento de ver a alguien después de tantos años que nadie viene por aquí.
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Lunes, 11 de julio de 2005
De mi biblioteca
Al igual que el hombre goza de una vida ultraterrena o de ultratumba en un más allá, cuyo único sentido es hacer que este vergel que habitamos mientras vivimos parezca un valle de lágrimas o un páramo cochambroso, hay animales cuyo destino implica un más allá ultraterreno.
En efecto, hay animales que en cuanto mueren pasan a vivir otra vida, otra existencia, conservados en alcohol.
Joaquín Murrieta fue el más famoso de estos animales: su cabeza y su mano derecha recorrieron, conservadas, las ferias más famosas del suroeste americano. A continuación la historia de cómo fue todo esto.
Mil ochocientos cuarenta y ocho fue el año de la fiebre del oro en California. No había nada más que arañar en las golden hills … El resto era coger las pepitas, venderlas y ya se había hecho uno rico. Así de fácil.
Hasta que alguien cayó en la cuenta de que había otro método para conseguir lo mismo, salvo que sin agacharse para escarbar la tierra.
Consistía este método en balear al minero; y tenía a su favor una mayor limpieza y eficacia.
contaba a la sazón unos veinte años y vivía en Sonora (México). No tenía donde caerse muerto ni sabía hacer otra cosa que acariciar a su novia , Guadalupe que estaba como un trueno de buena.
En cuanto se supo en México que había oro en California, Joaquín su hermano y Guadalupe emprendieron carretera y manta. Llegaron, se pusieron a cavar y comenzaron a llenar la bolsa de pepitas de oro.
Hasta que les asaltaron los del segundo método. El hermano fue colgado, Joaquín azotado hasta la extenuación y la hermosa Guadalupe violada y secuestrada después, para mayor solaz de aquellos bandidos cuando se encontraron lejos.
Joaquín Murrieta quedó allí tirado, dado por muerto. Tardó tres meses en recuperarse de los latigazos y veinte días en aprender a manejar el revólver. Después se convirtió en una fiera corrupía.
Asaltó trenes y diligencias, robó bancos, dinamitó instalaciones mineras, voló la caja fuerte de un navío bergantín atracado en La Goleta, secuestró millonarios, raptó a veinticuatro hijas y nueve esposas de hacendados californianos, violó a ochenta y siete mujeres de toda edad y condición, mató a tiros a noventa y dos hombres de frente y a quince , por la espalda.
En aquel territorio su nombre se convirtió en el signo de la desolación y el espanto, aunque alguien llegó a hablar de él como El Robin Hood de El Dorado.
Hasta que en 1853 la Alta Cámara californiana tomó cartas en el asunto. El capitán Harry Sneaky Love, al frente de una compañía de rangers, quedó encargado de poner coto a tanta tropelía.
Cuando Sneaky Love volvió a ponerse ante sus superiores traía la cabeza de Joaquín
Murrieta y una mano, a la que le faltaban dos dedos, en una garrafa de vidrio del tipo bocoy, tapada herméticamente con una tripa de bisonte. Las barbaridades de Murrieta habían cesado, de manera que no le costó mucho convencer a la audiencia de que aquélla era su cabeza. En cualquier caso era la cabeza de un mejicano y la leyenda se había convertido ya en un mito.
Un empresario de espectáculos circenses añadió cien dólares a los mil que le fueron entregados a Sneaky Love como recompensa, y se convirtió en dueño de aquellos restos legendarios, que comenzaron un penoso, pero rentable, itinerario por todo el país que había temblado bajo el azote de Murrieta.
Los viejos de cada localidad pagaron por señalar su cabeza con el dedo, mientras movían la propía ; los jóvenes la contemplaron con envidia aterrada y las mujeres llevaron a sus hijos a que vieran como el criminal nunca gana y la ley y el orden acaban siempre con cualquier aberración.
Las arcas del empresario se llenaron una y otra vez, hasta que comenzó a percibirse algo espantoso: el pelo y las uñas de Joaquín Murrieta no dejaban de crecer y en sus labios se dibujaba, de manera cada día más nítida una sonrisa de orgulloso desdén.
El primero en caer fulminado fue su dueño, una noche que regresaba muy borracho a su casa y topó con el bocoy que alguien había colocado en el centro del salón, a la luz de una candela. Su hijo continuó con el negocio de la exhibición hasta que fue devorado por unas bubas que contrajo por conocer a una cantante polaca.
Y durante mucho tiempo no se volvió a saber de la tinaja, hasta que reapareció en poder de un austríaco, empresario de una troupe de volatineros que viajaban con un oso. Pero para entonces el alcohol de la tinaja había adquirido un tinte acaramelado , en el que flotaba una maraña de uñas sarmentosas y una revuelta guedeja de pelo a cuyo través brillaba una mirada pétrea sobre una sonrisa estremecedora.
Así siguió exhibiéndose la cabeza de Joaquín Murrieta , hasta que en las vísperas del gran terremoto de San Francisco la barraca en que se guardaba fue asaltada por un antiguo guerrero arapahoe , descendiente de los renegados Pasquinel, que encomendandose a Manitú desprendió la vieja tripa de bisonte y se bebió el contenido. Dicen que el insólito asaltante pudo dar unos pasos antes de explotar sobre la llama de un quinqué. El incendio consecuente acabo con el escenario de los hechos.
Tal es el caso más notable que conozco de animales en alcohol , pero no es el único.
Por ejemplo, hubo un tiempo en el que Europa estaba habitada por animales enormes . gigantescos paquidermos , temibles tigres de dientes de sable y feroces bisontes de aspecto aterrador. (Una época en la que el rododendro florecía en la cumbre de los Alpes y el hipopótamo pastaba en las praderas inglesas.) Los bisontes eran muy abundantes en los espesos bosques que cubrían la extensión que ahora es Polonia , y los antiguos polacos estaban sumamente orgullosos de contar con tales animales, hasta el punto de que cuando mataban unos cuantos destinaban siempre uno a ser dejado en reposo dentro de una vasija llena de zubrowka , que es un aguardiente de grano que ya entonces fabricaban , y de la que bebían en muy contadas ocasiones.
El bisonte podía permanecer años en la misma vasija , hasta que se consumían todo el zubrowka. Si no había nada que festejar en ese momento , se volvía a verter aguardiente sobre el bicho , pero si había ocurrido algo excepcional , como la muerte del más anciano del clan o el nacimiento del rey o jefe del clan, el bisonte era troceado y comido en una ceremonia ritual en la que participaban todos los adultos guerreros que luego, en cuanto se poseídos por el vigor que les transmitía aquella carne, partían a incendiar aldeas vecinas y raptar muchas doncellas.
En la actual Polonia todavía puede comprarse aguardiente zubrowka embotellado, y cada botella lleva en su interior un tallo de hierba (Hierochloe australis) , que se supone era el pasto favorito de aquel enorme bisonte de antaño, al que se rinde de esta manera un imperecedero homenaje.
El resto de los animales en alcohol que conozco son ya de dimensiones bastante más reducidas, y tienen que ver mucho más que ver con el alcohol que con el animal propiamente hecho, a excepción del aguardiente de enebro que se bebía en el serrallo de Sardanápalo.
La particularidad de este aguardiente de enebro (que luego se conocería en Occidente como ginebra) era que se guardaba en enormes tinajas, en cuyo fondo reposaban garras de pantera y varias colas escamosas de la serpiente llamada de “anteojos”.Las concubinas bebían de ese alcohol por la noche y no en la copa , sino en un platito de oro blanco, a la manera veneciana, servidas por un eunuco al que se le había privado de la lengua mediante el diestro uso de unas tenazas hábilmente diseñadas por el sultán, creador igualmente de la fórmula de ese alcohol que se consumía en el serrallo y que respondía a su consigna de que las mujeres habían de ser astutas como serpientes en los salones de palacio y ardientes y sanguinarias como panteras en el lecho de su señor
Muy lejos de tan románticos exotismos quedan los alcoholes con bicho dentro que resultan habituales en la actualidad, entre los que mis preferencias se inclinan por el mezcal.
El mezcal es un alcohol es un alcohol excelente que se obtiene por destilación del magüey o pita americana en algunos estados mexicanos, si bien el mejor para mis labios es una variedad del procedente del estado de Oaxaca en el que además del gusano de la pita se le añade un murciélago al que hay que introducir vivo en la botella de modo que se ahogue en el aguardiente y permanezca en maceración.
Lo que ocurre es que la pita cría un particularísimo gusano o espíritu del magüey, que si no se coge a tiempo se convierte en mariposa que se volatiliza al posarse en cualquier rayo de luna. Ese es el gusano que va dentro de la botella del mezcal , y que se mueve indolente y perezoso en compañía del murciélago según se van sirviendo los tragos. Unos tragos cuyo efecto es , en algunos casos , muy parecido al del ácido lisérgico, sobre todo en su vertiente hilarante y alucinatoria. Y cuando se ha conseguido esa vertiente y el cuerpo se siente atravesado por una cálida oleada eufórica, lo mejor es sacar cuidadosamente el gusano de la botella y devorarlo sin mayor contemplación. El efecto es fulminante , como un aldabonazo en la base del esfenoides. Uno se siente proyectado hacia las estrellas y con los sesos como flotando en la apacible negrura del universo.
La resaca es de cuarenta y ocho horas
Primo hermano del mezcal es el pulque , un alcohol de apariencia lechosa, que procede de una destilación más basta del magüey y que se sirve en vasos con denominaciones tan aparatosas como la de “tornillo”, “camión”, “cotrina”, etcétera.
En el pulque , el animal se añade por sí solo. Basta pedir un “tornillo” en la más miserable pulquería, y dejarlo reposar sobre el mostrador. Al cabo de unos instantes el pulque se habrá llenado de moscas gordas como lóbulos de solterona de la Alcarria.
Ese es el momento de pagar y abandonar el local.
Sólo queda por último , referirse al alcohol de benjuí e incluso de betel que se destila en las montañas del Annam , al nordeste de Indochina y en las altiplanicies de Camboya, y que los indígenas llaman la delicia del dragón. Se trata de un alcohol bastante inapropiado y cuya única gracia reside en la razón de su nombre, una lagartija de tamaño regular que flota filosóficamente en el contenido de la botella. Lo solían tomar los antiguos guerreros khmer y aún lo hacen los actuales contrabandistas de opio que cubren las rutas del triángulo se oro.
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Miércoles, 06 de julio de 2005
De mi biblioteca
INGREDIENTES PARA LA MARINADA.
500cc de aceite de oliva virgen
200cc de vinagre de Jerez
Una cucharada de vinagre balsámico
Un ramillete de hierbas aromáticas(peregil, salvia, romero, tomillo y laurel)
Ocho dientes de ajo pelados
Una chalota picada
Dos zanahorias en rodajas
Una cebolla en aros
RESTO DE INGREDIENTES.
Un corazón de alcalde
Una piña fresca
Pimientos rojos
Pimientos verdes
Sal marina, pimienta
PROCEDIMIENTO.
Teniendo en cuenta que el elemento necesario para esta receta es imprescindible para su portador y este por las buenas no estará dispuesto a entregarlo, porque, además, le va la vida en ello he diseñado una estrategia que me va ha permitir conseguir el corazón contra su voluntad pero sin su oposición.
Mi tarea inicial consiste en localizar un alcalde en un entorno donde pueda llevar a la practica mi actividad sin interferencias, localizaré un ejemplar necesitado a corto plazo de una intervención quirúrgica para la que haga falta anestesia general o en su defecto que haya sufrido un accidente y necesite igualmente ser intervenido eso si con anestesia general.
He tenido fortuna y mis indagaciones me permiten conocer "por casualidad" la mala suerte del alcalde del pueblo donde tengo mi centro de operaciones. Este ha tenido un accidente mientras esquiaba en la estación de Valdezcaray, de resultas del cual padece múltiples fracturas en ambas piernas y brazos que aconsejan dada la gravedad que revisten su traslado a un céntrico hospital de la localidad que el inclito edil preside, en el que será operado de urgencia para reducir las fracturas y prodigarle todos los cuidados necesarios que solo un gran hospital puede ofrecer.
La mitad del plan se ha desarrollado conforme a mis previsiones sin que haya tenido que intervenir personalmente.
La otra mitad que es ligeramente más sangrienta se desarrolla en el quirófano nº 3 del Hospital Central de Barakaldo y da comienzo en el preciso instante en que el anestesista comienza a dormir al sujeto, en esta ocasión voy a ejecutar yo mismo la acción ya que para desarrollar ciertas actividades no se puede delegar en subordinados sin la debida cualificación, ni ferocidad. El equipo medico esta compuesto por el anestesista, dos traumatologos, un MIR y dos ATS, yo irrumpiré en el instante en que el alcalde se encuentre dormido por completo para que no perciba el pobrecillo como me deshago del equipo medico, quizá su corazón no pudiese soportarlo.
Accedo al quirófano disfrazado de sanitario completamente vestido de verde, procurando no llamar la atención, sobre la mesa de operaciones yace mi víctima, se observa a simple vista y produce una fuerte impresión el terrible destrozo causado por las fracturas abiertas, terribles heridas por las que asoman afiladas las astillas de los huesos. En mi mano sujeto una cuchilla graduable de empapelador me sitúo detrás de los dos traumatologos que en ese momento están pormenorizando el protocolo de la intervención señalando sobre el visor de radiografías. Pongo mi mano izquierda sobre la nuca del que esta más a mi alcance, inclino un poco hacia delante su cabeza y sin darle tiempo a reaccionar, ni a mostrar la menor sorpresa, dirijo la derecha armada con la cuchilla hasta su garganta y trazo un arco cortando su cuello de oreja a oreja, al tiempo que ejerzo una leve presión sobre su nuca para que el corte sea de mayor profundidad y muera rápido.
Aprovecho el desconcierto que se produce al caer desplomado el primero y sin que nadie se percate de lo que ocurre me acerco a la mesa auxiliar en la que como una panoplia de armas sanitarias se haya dispuesto el material quirúrgico y tomo una especie de bisturí en forma de punzón con el que ataco al MIR y al anestesista atravesándoles la sien sin que casi lleguen a darse cuenta de que se mueren, suelto el punzón y con un martillo de reluciente acero inoxidable golpeo con fiera certeza a las dos ATS y al traumatologo restante que se derrumban fulminad como las terneras en el matadero.
Que desastre he organizado. Unos breves instantes y ahora todo el equipo del quirófano nº3 yace fulminado en confuso montón sobre el aséptico suelo que comienza a teñirse de púrpura con los regatillos de sangre de mis víctimas. Tan excitado estoy que siento deseo a, veces tan necesario para un espíritu cultivado, de mojarme en la sangre jugando y refocilándome con ella como juegan los niños con el agua, el barro, y la arena y que también les sienta para su equilibrio sicomotriz.
El paciente anestesiado esta dispuesto para otra operación bien diferente a la que en principio estaba prevista, para la que, además, no dispongo de mucho tiempo.
Agarró una sierra circular que tiene un cierto parecido a un turmix domestico, corto a lo largo del esternón seccionando las costillas para poder acceder con comodidad a la caja torácica.
Introduzco las manos en el corte y halando en sentido contrario con cada una, al tiempo que sujeto al paciente apoyándole el pie en la barriga separo las costillas para mejor operar.
E l corazón palpita ante mis ojos en un baño de sangre, ya que no tengo quién me ayude a detener la hemorragia que he producido, así que sin más dilación lo separo de los pulmones girándolo con ambas manos, lo sujeto con la izquierda y con la derecha armada del bisturí secciono las arterias y lo extraigo de su alojamiento y lo deposito en un recipiente dispuesto al efecto.
Me deshago de la indumentaria verde, de los guantes ensangrentados y abandono como el rayo el quirófano nº 3 que ahora presenta un aspecto dantesco a decir verdad.
EJECUCIÓN DE LA RECETA.
Limpio a conciencia el corazón, eliminando el miocardio, los restos de arterias, coágulos de sangre y todas las posibles adherencias insanas, hasta dejarlo reluciente de tal manera que parezca un corazón de ternera comprado en el mercado.
Elaboro una sugestiva marinada con los ingredientes reseñados al principio y en ella introduzco la víscera en lonchas de un centímetro de grueso donde lo dejo reposar un día.
Armo unas buenas brasas con carbón de encina, tengo dispuestas en una bandeja las lonchas de corazón.
Cuando las brasas están en su punto las distribuyo sobre la parrilla con rebanadas de piña.
En un lado de la brasa coloco una sartén de hierro, cubro el fondo con un poco de aceite y salteo con ganas los pimientos verdes y rojos en tiras y reservo al amor de la lumbre.
Doy vuelta a las lonchas de corazón y de piña.
Voy un momento a casa a coger de la nevera una botella de Manzanilla y vuelvo presto a la barbacoa.
El asado ya esta en su punto, pongo las rodajas en una bandeja, dos lonchas de piña y una porción de la fritada de pimientos.
Me siento en la mesa, respiro profundamente para llenar los pulmones y mi olfato del delicioso, del goloso aroma del carbón de encina, me sirvo un poco de vino, lo saboreo y decido no comerme la víscera y si picar de la fritada de pimientos. Demasiado corazón.
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Miércoles, 29 de junio de 2005
Arturo Perez Reverte
Sin distinción de sexo o ideología, ven una cámara y se les hace el culito gaseosa
Nunca me gustó hacer el payaso, ni que los payasos ganen su jornal a mi costa. Quizá por eso me irrita cierta clase de periodismo basura que se hace en televisión, a base de reporteros provocadores que se plantan en actos oficiales o en situaciones más o menos serias y, bajo pretexto de una divertida y sana informalidad, impertinencia tras impertinencia, procuran dar un tono grotesco a la información. Eso, que en el mundo rosa tiene un pasar –quien vive de dar espectáculo, con su pan se lo coma–, se extiende también, sin escrúpulos, a asuntos más serios como la cultura, o la política. Rara es la tele que no dispone de un programa donde sus reporteros ponen la alcachofa, no para solicitar información, sino para el intercambio de supuestas ingeniosidades o tonterías a palo seco, siendo el objetivo real ridiculizar al entrevistado. Siempre que me toca estar en público eludo prestarme a ese tipo de canutazos, que rara vez favorecen a nadie, y sólo sirven para que el reportero se apunte haber logrado una chorrada más y que la gente pueda reírse a gusto. Ni siquiera en la etapa pionera de esa clase de programas, cuando Wyoming y su brillante equipo realizaban Caiga quien caiga con humor y extrema inteligencia, fulanos simpáticos como Pablo Carbonell o Sergio Pazos consiguieron arrancarme más que un saludo cortés. A veces, ni eso.
Comparados con algunos de sus epígonos en los tiempos que corren, aquellos caraduras eran exquisitos. Algunos hasta se cortaban un poco ante la gente respetable. Ahora, quienes practican el género entran a saco sin el menor escrúpulo; y lo que es peor, sin hacer distinciones entre lo respetable y lo otro. Por supuesto, la culpa no es suya –a fin de cuentas hacen un trabajo con el que se ganan la vida–, sino de las cadenas que se lucran con esa clase de esperpentos, del público bajuno que los disfruta, y sobre todo de quienes se prestan indignamente, con tal de aparecer treinta segundos en la tele, a las más peregrinas idioteces. A uno se le cae el alma a los pies cuando ve a gente en principio respetable, políticos de fuste o personalidades de las ciencias, las artes o las letras, dar cuartel en ese tipo de emboscadas groseras, deteniéndose en mitad de un acto oficial a responder, con una sonrisilla forzada y buscando desesperadamente una palabra o frase ingeniosa, a las incongruencias que plantea un entrevistador irreverente que mira a la cámara de soslayo mientras guiña un ojo al teleespectador, como diciendo: a ver por dónde nos sale ahora este gilipollas.
Sobre todo tratándose de políticos, la cosa no tiene remedio. Ahí son todos iguales, sin distinción de sexo o ideología: ven una cámara y se les hace el culito gaseosa. Hasta los más brillantes se prestan al juego al verse interpelados micrófono en mano. Asistí a una demostración práctica el otro día, durante un acto de la Real Academia Española. Nos disponíamos a inaugurar una placa conmemorativa en la casa donde murió Cervantes. Se trataba de un acto solemne, con los académicos allí congregados, y el alcalde de Madrid, Ruiz-Gallardón, había anunciado su asistencia. En ésas, un reportero televisivo, que llevaba un rato haciendo el gamba por los alrededores, pegó bajo la placa cervantina una foto de la presidente de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, con quien el alcalde de la ciudad tiene, como sabemos, ciertas diferencias. Yo estaba entre los académicos con traje oscuro, corbata y toda la parafernalia; y como nadie intervenía, me acerqué al reportero, le pasé amistosamente un brazo por los hombros para apartarlo de la cámara, tapé con una mano la alcachofa, y le dije al oído: «Éste es un acto muy serio de la Real Academia, no del alcalde. Así que, como lo envilezcas, te pego una hostia. Personalmente». Algo desconcertado, mirando la insignia académica que yo llevaba en la solapa, el reportero inquirió, perspicaz, si lo estaba amenazando. Respondí: «Evidentemente», y volví junto a mis compañeros. Llegó entonces el alcalde, el reportero le metió el micrófono en la boca, el alcalde pareció encantado con que hubiera periodistas divertidos y cachonduelos que aliviasen la formalidad de aquel acto cultural, y yo, discretamente, me fui a tomar una caña. Al rato, desde el bar, vi pasar el cortejo con mis compañeros camino de la segunda parte del acto, hacia la iglesia de las Trinitarias. Delante iban la cámara, grabando, y el alcalde de charla con el reportero como si fueran compadres de toda la vida. Y qué quieren que les diga. Pedí otra caña.
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Lunes, 27 de junio de 2005
El presidente George Bush y sus consejeros bélicos comienzan a estudiar la posibilidad de devolverle el poder al derrocado Sadam.
A ver si él puede arreglar el avispero en que se ha convertido Iraq.
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Lunes, 20 de junio de 2005
Los recién pasados puentes de San José y las fiestas del dolor, y qué dolor, de la Semana Santa, han servido a un caminantes de servilleta para hacer un máster muy caro de gastronomía regional. Resulta caro el propósito que doctora al caminante porque anteponer la buena voluntad es una estrategia poco aconsejable. Hay que desconfiar por sistema a la vista de los primeros referentes. De poco sirve que la población elegida sea conjunto histórico artístico y monumental, algo que se supone es el argumento que rentabiliza sus esfuerzos. De nada sirve que los Reyes Católicos incluyeran los banquetes fúnebres junto con los de bautizos y bodas para dar a este pueblo aquello que siempre ha ejercido: pegarse una comilona con cualquier disculpa, ya sea familiar o de calendario.
Prevengo desde aquí a quien, como yo, se haya podido sentir memo tras contrastar la cuenta con lo que por su boca desfiló. El hecho de estar en un conjunto monumental románico, lo de menos son los nombres de los establecimientos y los topónimos para evitar que buenos y malos caigan en el mismo saco, parece ser disculpa para asaltantes de comensales. Hay comunidades autónomas en las que, hecha media docena de excepciones, todo lo demás es casual. Los contenidos son monótonos. Ya sabe, en cuanto huele a rusticidad, nadie se libra de unas migas de pastor (que pocos saben hacer), las carnes rojas (unas más rojas que otras), los pescados a la sal (siempre los mismos), los guisos escasos y con tropezones irreconocibles y las sopas de ajo (hoy sopa castellana) que en ocasiones debería tomarse en botijo por culpa de una generosa cantidad de agua. Los postres, incluso en lugares de predicamento eclesiástico con dulces propios, se quedan en prefabricados lácteos.
Y si de fondas se trata, que el viajero ha de encontrar reposo en sus escapadas, se dará uno contra una realidad que asusta. He detectado en mi última gira curiosos establecimientos. Desde el hostal de pueblo con impecables suelos de madera pulidos hasta el que por escasos 10 euros menos lucía un cristal roto, una ventana que no cerraba, una persiana que no bajaba y que daba a una meseta de obra que presidía un vertedero de escombros en un patio interior y todo, todo, en negro. La inspección reclamaba lavarse las manos tras tomar la decisión de no meterse en aquello que pretendían hacer pasar por una cama.
La casualidad, suerte lo llaman los beneficiados, de haber heredado en un pueblo un caserón o un pequeño local, parece sugerir montar un negocio de hostelería. Como la mujer de la casa es la que siempre ha guisado y la familia se lo ha comido, se da por hecho que todo el mundo va a hacer lo mismo. Y así es, para su suerte. Que hay quien se traga cualquier cosa porque en su realidad diaria no comen mucho mejor. Que no se trata de pedir cocina de autor o de fusión, pero las cosas sencillas y tradicionales se están perdiendo junto con ese afán de dar aire de ciudad a los pueblos.
Para rematar la triste escapada, nada como un comentario que lo resume todo. Al pedir para desayunar unas tostadas de pan de barra, a la que pretendía añadir la exquisita mantequilla de la comarca, me dijeron que eso no se podía hacer. Ofrecieron un "pan bimbo muy bueno" y mientras estas palabras resonaban un lugareño apostillaba lo que dijo el difunto padre de los dueños del local: "Muero tranquilo al ver que a mis hijos les queda un recurso: para destapar botellines no hay que ser muy listo?".
Lo malo es que este hombre no contó con la osadía de sus criaturas que, a fecha de hoy, no saben hacer unas tostadas, pero se atreven, según reza en su carta, con unas colmenillas rellenas de paté. ¡Manda huevos! Manda dos cajas, pero con patatas...
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Lunes, 20 de junio de 2005
Los fonemas temáticos definen un concepto partiendo de la palabra temática original a la que se le añade el sufijo –alia, -lia, -ria configurando así una nueva palabra que quiere englobar todo lo referente a una actividad comercial, social, política, etc.
RUR-ALIA Congreso Nacional Sobre El Mundo Rural
TEXTI-LIA Feria Internacional Sobre Las Industrias Textiles Y Afines
JUVEN-ALIA III Congreso De La Juventud Y Sus Problemáticas
RESTAUR-ALIA X Congreso Sobre Las Técnicas De Restauración
NOMIN-ALIA Empresa Registradora De Dominios De Internet
ENVI-ALIA Empresa de reparto urgente de paquetería
MILITA-RIA Congreso Militar
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Sábado, 18 de junio de 2005
La alta cocina se encuentra a las puertas de una crisis debido al descenso de clientes en los grandes restaurantes y a la frivolidad de muchos cocineros
RAFAEL GARCÍA SANTOS
Es evidente que en lo que va de año se aprecia un descenso significativo del consumo en la restauración. Así lo constatan, un tanto alarmados, propietarios y proveedores. La bajada afecta a distintos países europeos y de ello dan testimonio las quejas de cocineros españoles, franceses o italianos. Aflige a la hostelería en general, pero de modo muy especial a los establecimientos más suntuosos y a la alta cocina; en una palabra, sobre todo, a las mesas más costosas. La coyuntura económica y social está determinando este parón de ventas, que cabe especular si es consecuencia de una ralentización o si nos encontramos en la antesala de una crisis. Está por comprobar. El tiempo dará y quitará razones. Lo único que se sabe por experiencia es que la hostelería de lujo es la primera en sentirse afectada por los recortes de gastos que particulares y empresas hacen en sus cuentas.
Los que han optado por el encopetamiento desmedido y las plantillas interminables, por el deseo de ser un restaurante ‘tres estrellas Michelín’, en el que se valora más la pompa que lo que hay en el plato, se enfrentan a un mercado difícil, complicado y muy reducido que hace inviables los negocios. Para rentabilizar lo que no ganan en el día a día a la carta, muchos ‘chefs’ se han convertido en asesores de grandes empresas, gerentes de variopintos locales u hombres-anuncio.
El resultado, salvo raras excepciones, es que estos profesionales cada vez pasan menos tiempo en el restaurante y, cuando se hallan en él, no se meten en los fogones. Tanta productividad exterior les impide pensar, reflexionar e idear, con lo cual atravesamos una auténtica crisis de creatividad. Y, por supuesto, se está perdiendo el carácter artesano del trabajo.
Convertidos en artistas por una propaganda y unos medios que expanden un mensaje idolatra y chauvinista sin la más mínima ética y conocimiento, determinados cocineros asumen la farsa de la vida y, como en muchos programas frívolos de tertulias, están convencidos de que lo importante es aparecer, aparentar y disfrutar de la consideración de la masa. Piensan que la mayoría carecerá de criterio y se contentará con comentar que ha comido ‘donde Pepito o Menganito’. Y en esa creencia de su privilegiado talento y en la necesidad de salir en la foto se han convertido en doctores, haciendo una gastronomía para esnobs que buscan encontrar platillos volantes en la vajilla. Y, claro, la mayoría de los ‘chefs’ no tiene ni conocimientos, ni posibilidades para ejercer otras profesiones en la cocina.
Convencidos de su poder divino, creídos de que la técnica lo puede todo, de que la materia prima no tiene futuro y que el cliente es un tragaldabas, han suprimido el producto y el frescor: lo están desterrando. Y se ocupan de hacer magia en los accesorios para seguir cobrando más. Tanta vanagloria ha llevado a que el cliente sea considerado y tratado como un pagano que se postra a los pies del dueño del restaurante. Cabe preguntarse si estas conductas no contribuyen a vaciar las mesas tanto como el enfriamiento económico.
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Jueves, 02 de junio de 2005
Senderens repudia sus 3 estrellas
JON HENLEY
THE GUARDIAN/EL MUNDO
Alain Senderens.
Un gigante de la gastronomía gala acaba de afirmar, el 20 de mayo, que está tan harto de las presiones de la alta cocina que ha decidido cerrar su restaurante de tres estrellas en París para reabrirlo en otoño convertido en una sencilla 'brasserie'. Alain Senderens, propietario y chef de uno de los templos más venerados de las artes culinarias en Francia, el Lucas Carton de la plaza de la Madeleine, se ha llevado los mayores elogios de la Guía Roja de Michelin durante 28 años consecutivos. Sin embargo, ahora quiere renunciar a sus estrellas porque afirma estar harto de la "irracional carrera" de categorías de restaurantes y de los "indecentes" precios de los restaurantes de primer nivel en la actualidad. "Deseo hacer algo distinto a un tres estrellas", dijo.
La decisión de Senderens supone un golpe más a una profesión que todavía renquea por el suicidio de otro famoso chef, Bernard Loiseau, quien se pegó un tiro hace dos años después de que una guía rival, la GaultMillau, redujese la puntuación de su restaurante de diecinueve a 17 puntos en una escala de 20. Además, también significará un bochorno para Michelin, empresa que lleva una temporada peleando, tanto en Francia como en el extranjero, contra los que afirman que su sistema premia la pretenciosidad en lugar de la comida y que somete a los restaurantes a una tremenda presión económica porque los obliga a gastar absurdas sumas de dinero en decoración y cubertería, así como en plantillas que frecuentemente superan en número a los propios clientes.
Michelin también se enfrenta a la acusación de animar lo que el crítico de 'Le Figaro', François Simon, define como cocina "nerviosa", una cocina "opresora, creada únicamente para otros chefs y para los inspectores de la guía, excesivamente técnica e innecesariamente llamativa; es decir, una cocina de demostración".
Muchos críticos consideran que la presión de las guías ha provocado que la alta cocina se encuentre en la actualidad a años luz de la ley establecida en el siglo XVIII por el escritor Anthelme Brillat-Savarin, quien en su Fisiología del gusto definió la experiencia gastronómica de primer nivel como "buena comida cocinada de forma sencilla y disfrutada en un lugar donde todo el mundo se sienta como en casa".
Senderens, primer chef francés de gran categoría que renuncia a sus estrellas, insiste en que el Lucas Carton es rentable y negó que su decisión sea una respuesta directa a los todopoderosos críticos de restaurantes. "Gracias a las guías, la alta cocina nunca ha estado mejor ni en Francia ni en el resto del mundo", dice. "Gracias a ellas, la alta cocina es fantástica".
Bien al contrario, afirmó que su enfado se debe principalmente a los precios que se ve obligado a cobrar. "Basta observar el mundo actual para comprender que no se puede continuar con esos restaurantes tan increíblemente caros; cobrar 300 0 400 euros por cabeza en invierno, cuando hay trufas, es inaceptable", dijo. Sin embargo, Senderens reconoció que las guías ejercen, de hecho, una especie de tiranía: "Es cierto que Michelin nos ha condenado a determinada cantidad de criterios. Lujo excesivo, plantillas enormes y todo eso".
En 1968, Senderens, que ahora tiene 65 años, abrió su innovador y enormemente exitoso restaurante l'Archestrate en París. En 1985 compró el Lucas Carton, un monumento histórico con una fabulosa decoración 'art déco' y toda una institución culinaria parisina desde el siglo XIX. El restaurante sirve en la actualidad un menú nocturno que puede alcanzar los 380 euros, aunque comer a la carta puede ser ligeramente más barato.
No obstante, el chef es más conocido por los gastrónomos por su singular habilidad de saber emparejar vinos específicos con platos específicos; como dijo un crítico en cierta ocasión, es "un excepcional concierto de sabores que parecen salidos del cielo". (Senderens es, por ello, miembro de la Academia Internacional del Vino).
Un típico primer plato podría ser cigalas envueltas en fideos crujientes con crema de mariscos y almendras tostadas, y servidos con un "muy expresivo y casi salado" Puligny Montrachet Premier Cru 2001. Entre los platos de carne, la ternera crujiente con vinagreta tailandesa, zanahorias preparadas como tallarines y palomitas de maíz, se acompaña con un "rico, generoso y cítrico" Grüner Veltliner 1996, de Austria. Y como postre, el merengue al suflé con albahaca y su helado de regaliz se sirve con un "dulce y bellamente aromático" Rivesaltes de 1976.
Mantener ese tipo de creatividad con precios que están por las nubes es un negocio estresante. Un chef parisino llegó a afirmar que el simple hecho de que un cliente ponga un pie en su restaurante implica un coste de 100 euros antes de que haya bebido o comido nada. "Se gasta eso sólo para que yo me ponga manos a la obra", afirmó.
Para tener cierta seguridad, muchos chefs de primer nivel (siete de los 10 cocineros con tres estrellas en París) buscan respaldo financiero de grupos hoteleros y de otros inversores externos o diversifican sus actividades: desarrollan gamas de platos precocinados para supermercados, abren restaurantes menos caros pero elegantes e incluso trabajan como asesores de grandes grupos alimentarios internacionales.
Ahora bien, aunque las guías implican una gran presión económica, también ofrecen una esperanza de salvación con sus categorías; en Paris se calcula que una estrella de Michelin supone un 25% de crecimiento o de pérdida, según se gane o se pierda.
Sin embargo, para un grupo de personas que generalmente se ven a sí mismos más como artistas y artesanos que como hombres de negocios, el veredicto de las guías puede parecer frío, arbitrario y a veces brutal. Guy Martin, chef del Grand Vefour de París, de tres estrellas, lo definió de este modo: "Es algo terrible: te dicen que eres uno de los mejores y luego, de la noche a la mañana, te dicen que has dejado de serlo. ¿Por qué? ¿Qué has hecho? ¿Cómo es posible que las habilidades que has desarrollado, la creatividad que has cultivado y el tiempo y la energía que has invertido se desvanezcan de repente?".
Senderens ha decidido abandonar esa rutina. "Como muchos chefs, cada vez se siente más incómodo con la idea de ser juzgado año tras año por una guía cuyos criterios no siempre comprende", explica Simon. "Quiere relajarse, hacer cocina realista, respirar. Y creo que eso es lo que los clientes desean en la actualidad: una cocina más suave, menos refinada, más feliz. Comida, en suma, preparada por cocineros tranquilos y felices".
Chefs que llegaron al límite
-Vatel, importante cocinero y 'traiteur' francés del siglo XVII, se suicidó porque el pescado fresco que necesitaba para un banquete que había preparado en honor de Luis XIV no llegó a tiempo.
-En 1966, el chef Alain Zick se pegó un tiro en la cabeza cuando supo que su restaurante de París había perdido una estrella Michelin.
-En 1999, los chefs británicos Marco Pierre White y Nico Ladenis renunciaron al intento de mantener sus tres estrellas de Michelin con el argumento de que las exigencias de la profesión eran insostenibles.
-El chef Marc Meneau perdió su tercera estrella en el año 2000 y todavía dice que está "llorando la pérdida de un hijo".
-En el año 2003, Gérard Besson sufrió un infarto cuando supo que había perdido una de sus estrellas Michelin.
-Ese mismo año, Bernard Loiseau, chef y propietario del famoso Côte d'Or en Saulieu (Borgoña), se suicidó tras recibir una puntuación que sólo rozaba la perfección en la guía GaultMillau. Entonces, muchos chefs de primera categoría coincidieron en las críticas a la crueldad de un sistema de puntuaciones que juega con carreras, reputaciones y vidas.
-A principios de este año, René Jugy-Berges, del restaurante Sainte-Victoire de Beaurecueil (Provenza), viajó especialmente a París para devolver su única estrella Michelin. "Una estrella Michelin es la apoteosis para cualquier cocinero, pero también supone demasiado estrés y angustia", dijo entonces, para añadir que una segunda estrella habría significado la "desgracia definitiva".
Fecha de publicación: 22.05.2005
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Sábado, 16 de abril de 2005

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Jueves, 07 de abril de 2005

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Domingo, 03 de abril de 2005

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